Hay cuestiones que desde la razón cuestan de ver claro, pero desde el corazón se comprenden mejor.
Así son los misterios: desde la cabeza, desde la razón entenderse, no se entienden, pero desde el corazón algo sí que se comprenden.
Nosotros confesamos un Dios que es Trinidad, que es misterio, que es difícil de entender, pero desde el corazón, fácil de comprender.
Hoy celebramos y contemplamos tanto el misterio de Dios como el del ser humano. El misterio de la complejidad y comprensión de ambos, pues: “Dios creó al hombre a su imagen; hombre y hembra lo creó”
Somos tal para cual. Él es nuestro referente, en Él nos miramos para alcanzar plenitud, y realizar el diseño bajo el cual fuimos hechos. Si Dios es misterio, nosotros también, somos otro tanto.
Nos creó a su imagen y semejanza, incapaces de bastarnos a nosotros mismo, pero capaces de amar, de realizarnos y complacernos en otras personas. Nos hizo incapaces de alcanzar la felicidad, la realización, la salvación o santidad en solitario.
La vida, que es un misterio, necesita del amor, que es otro misterio, para alcanzar su plenitud y conocer lo que el ser humano busca, lo que venimos llamando “felicidad”.
La persona necesita del amor para ser humana. Y si es creyente necesitará del amor para conocer a Dios.
El amor es la clave que nos aclara el misterio, nos lleva a Dios y al prójimo, es más, nos lleva a encontrarnos con nosotros mismos. El amor es la clave que explica nuestra fe y nos permite comprender a Dios.
Si encontrarse con Dios es una gracia, una suerte; el creer y el amar son el agradecimiento.
Jesús nunca exigió a sus discípulos que amaran a Dios en exclusiva, sino que se amaran los unos a los otros como Él les amó. Jesús, nos exige conversión, cambio personal en profundidad para que venciendo el instinto de conservación que siempre conduce al egoísmo, consiguiéramos ser “alguien” para los demás.
Os recuerdo que para San Juan, amar es tener en el primer plano de tu consciencia, en el horizonte de tu vida al “otro”, a los demás. Por eso el amor nos asemeja a Dios, nos hace ser alguien para los demás, nos hace ser de los demás.
Dios es alguien en quien nos encontramos y nos identificamos. Dios nos identifica, nos hace dejar de ser anónimos, de ser masa.
Para los que nos aman, el amor nos hace distintos al resto de los mortales, ni mejores ni peores, nos hace ser apreciados por ser quienes somos. “Ser el que soy”, “soy el que seré” es lo que significa el nombre “Yahvé”.
Si Dios es amor, amar es ser imagen de Dios. Es vivir en ti mismo más vidas que la tuya propia, es estar poblado y unido a muchas y distintas personas.
Así es Dios: Padre, Hijo y Espíritu, es tres personas inseparables, cada una en función de las otras y en unión hipostática.
Somos como la Trinidad, diseñados para vivir en unión indisoluble de personas, necesitados de los otros para alcanzar ser nosotros mismos.
Para el cristiano no hay santidad sin contar don los demás.
Por diseño somos hambre y sed de amor, estamos pensados para transcendernos, para salir de nosotros mismo; si nos encerramos en nosotros mismos no llegamos a ninguna parte.
La puerta que conduce a la salvación/felicidad/plenitud/realización se abre hacia fuera. Estamos pensados para encontrar un tú a quien entregarnos y en él transformarnos en otra persona distinta a la que éramos.
El amor nos cambia, nos convierte, transforma, traspasa y trasciende.
Tendemos a Dios porque Dios es Trinidad, porque Dios es amor.
No hay espectáculo más triste que ver a los cristianos yuxtapuestos y callados en Misa; bien puestos y dispuestos para asistir y luego salir sin saludarse. Entonces el signo se hace insignificante: ni amor, ni gaitas trinitarias.
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