Decir “reino de los cielos” es lo mismo que decir “reino de Dios”.
Mateo es judío y evita pronunciar el nombre de “Dios”.
Ser ciudadanos del “Reino” es cumplir con lo que Dios soñó al crearnos: Dios es nuestro Padre, todos somos hermanos y nadie pasa necesidad porque nadie le sobra y guarda. El “Reino” es de justicia, paz, amor e igualdad.
En el “Reino” todos formamos la gran familia de Dios. Es el cielo en la tierra. Es la Navidad. Es una utopía realizable. Por eso, vivir la Navidad es vivir ya, ahora y aquí el “Reino”.
Por otra parte, para nosotros “confesarse” y “convertirse” van unidos. La confesión es siempre expresión de la experiencia de la conversión.
Confesamos cuando nos convertimos, si no es una pérdida de tiempo.
Se nos recomienda confesión-conversión antes de morir, ¿por qué no se nos recomienda confesión-conversión para vivir? Lo decía Juan: “Convertíos porque está cerca el reino de los cielos”
El “Reino” no es algo irrealizable, Dios no nos pide locuras, solo depende que cambiemos nuestro corazón, cosa que es posible.
Por eso necesitamos profetas que nos digan que todo aún no está perdido. Vivir el “Reino” es simplemente cuestión de cambiar la actitud del corazón. Convertir corazones de piedra en unos de carne que sepan y quieran amar.
Ahora bien, ¿es lo mismo decir: “me convierto porque está cerca el reino de Dios”, que “el reino de Dios está cerca de mi porque me convierto”?
Adviento es el tiempo en que me preparo a lo segundo, a convertirme
para realizar el “reino de Dios”, para ser como Dios me soñó al crearme.
“Convertirse” es una experiencia de Dios y un cambio de forma de actuar. Nuestro deseo y esperanza de entrar a formar parte del “reino de Dios”, que es un reino de paz, justicia y amor no es un sueño inalcanzable, es, simplemente, cuestión de cambiar tu actitud ante la vida, es tratar a los demás como Dios te trata a ti. Sencillo.
No hay camino que nos lleve a ese “Reino”, el “Reino” es nuestro camino.
La vida es histórica, se da en el tiempo y el “Reino” también es histórico; no nos viene de fuera, lo tenemos que realizar nosotros ahora y aquí. Juan fue el profeta de “la hora de Dios”, alertó de su llegada y alentó a la conversión. Nosotros, como Juan, también seremos profetas de la hora de Dios y animaremos a todos a la conversión.
Necesitamos conversión para transformar nuestro egoísmo en amor, para dejar de ser como somos y llegar a ser como Dios manda, ciudadanos de su “Reino”.
La fraternidad, realizar el “Reino”, tratar al otro como Dios nos trata es la razón de nuestra existencia; personalmente, no quiero creer en un Dios-sin-reino, ni puedo soportar un reino-sin-Dios.
Un Dios-sin-reino en este mundo, ¿para qué me sirve? Para nada. Y en este mundo, un reino-sin-Dios es un infierno, a la historia me remito.
Juan es un buen referente para la Iglesia, predica la conversión sin desesperar nunca de nadie, está convencido de que “Dios puede sacar de las piedras hijos de Abraham”.
Anuncia la cercanía de Dios y denuncia la injusticia de las gentes, llega a llamar “raza de víboras” a los que buscando su propia salvación se despreocupan de los demás, a los que se olvidan de que estamos llamados a ser “uno” en multitud de personas porque Dios nace en ti, en mí y en todos.
El Adviento prepara para la Navidad, nos prepara a ser uno en multitud de personas.
Nosotros fuimos “bautizados con Espíritu Santo y fuego”, esto quiere decir que Dios es nuestra patria, nuestro medio, que vivimos sumergidos en Él; y que, si vivimos centrados en nosotros mismos, olvidándonos de los que nos necesitan, somos idólatras de nosotros mismos, “Dios es nuestro vientre”.
El egoísmo nos separa de Dios y del prójimo, nos impide vivir la Navidad. Recuerda que Dios es un captaire de amor, un mendigo de amor a las puertas de tu corazón y que no se atreve a forzarlas.
Según lo que tú le des, vivirás o no la Navidad.
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