Las Bienaventuranzas no son ley, ni imperativo moral, no sirven para contentar a Dios.
Son un modo de vivir y de relacionarte con los demás, un modo de entender la vida que, a ojos humanos vista, son locura y escándalo.
¿Quién las puede proclamar? Quién las haya vivido y las haya hecho suyas porque son una propuesta de vida en felicidad.
Los expertos dicen que son las costumbres que Jesús tuvo de vivir, su forma de ser y comportarse. De Él las aprendieron y las pusieron por escrito sus discípulos.
Para nosotros son un prontuario de vida cristiana, nuestra hoja de ruta para la felicidad y para el encuentro con Dios.
Recordad que el cristianismo, si es que es una religión, es la religión del cuidado del otro y que solo encontramos a Dios en el trato con los demás. Por eso las Bienaventuranzas son la clave de nuestra fe, las obras de nuestra fe. ¡Sin ellas nuestra fe está muerta y no sirve para nada!
Todos nacemos con hambre y sed de felicidad, en esto somos insaciables. Pero a veces, lamentablemente solemos confundir felicidad por facilidad o placer. Felicidad, facilidad de vida y placer no siempre se corresponden. Conocemos a ricos desgraciados y a pobres muy felices. También se dice que la venganza da placer y el perdón, felicidad. Elige.
Vivir las Bienaventuranzas llevó a Jesús a llamarle a Dios “Padre”. Desde ellas descubrió la fraternidad y desde ellas llegó a ser “tan humano, tan humano que así de humano sólo podía serlo Dios”.
Nosotros, al vivir las Bienaventuranzas nos encontramos con Jesús, Dios hecho hombre, experimentamos lo que es vivir a su imagen y semejanza. Son nuestro modo de vivir lo divino.
Ser cristiano es una suerte, una gracia de Dios que, como toda gracia, nunca sale barata, nos reclama y exige un compromiso de vida y de acción. El precio de la gracia es vivir como Cristo vivió, en su estilo e intensidad.
Cristiano es quien opta por Cristo, quien opta por las Bienaventuranzas. Ese tendrá ojos limpios y entrañas de misericordia, trabajará por la paz, la justicia y la verdad, aceptará riesgos y persecuciones. No le quedara otro camino, no tiene otra alternativa.
Descubrir a Dios como Padre y creer en Él conduce a un determinado estilo de vida, el propio de Jesús, el de las bienaventuranzas.
En este mundo, al margen de las bienaventuranzas hay otros modelos de vida y de felicidad; conocemos más de uno, pero, incluso estando a nuestro alcance, no nos corresponden porque no nos facilitan el encuentro con Dios. Según Jesús, a Dios lo encontramos en el trato con los demás.
Las Bienaventuranzas como estilo de vida nunca las posees del todo. Son una forma de amar al prójimo. Y el amor nunca se tiene a título de inventario. El amor como las bienaventuranzas hay que vivirlas y conquistarlas día a día.
Al vivirlas gozas de la presencia de Dios, en Él descansas y dejas que todo fluya, que “sea como Dios quiera y como Él diga”. Así haces de tu vida tu templo y tu religión.
Este estilo de vida está al alcance de los que se dejan evangelizar- enseñar por lo pobres, de los que tienen al pobre-sencillo como referente, como criterio de actuación.
Si te dejas evangelizar por los pobres compartirás, darás y te darás. Llegado a este punto dejaras de gobernar tu vida, estarás en manos de Dios, serás ciudadano de su Reino, tendrás a Dios por amo y rey. De esto se trata.
Las bienaventuranzas nos conducen a la máxima solidaridad con los necesitados, ellas son la puerta de entrada en el Reino de Dios.
Sólo estando y viviendo en manos de Dios se puede hacer una lectura en clave de crecimiento personal de cuanto dicen en su primera parte:
“Dichosos los pobres; los sufridos; los que lloran;
los que tienen hambre y sed de justicia; los misericordiosos;
los limpios de corazón; los perseguidos por causa de la justicia…”
Para los que no están en manos de Dios lo que dicen son barbaridades y “destarifos”.
Por eso son sabiduría para unos y locura para otros; si estás en manos de Dios, sabiduría y clave de crecimiento y si no lo estás, son locura y “destarifo”.
Las Bienaventuranzas, en los cristianos, armonizan su fe y su vida: si las viven, viven en armonía y si no, en contradicción.
Bienaventurado es quien vive como Dios manda.
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