De cualquiera podemos tener conocimiento, tener noticias de lo que hace, dice o deja de hacer y de decir, pero si no le escuchemos no nos afectará, no entrará en nosotros. No escuchar, no prestar atención es ignorar, es no dar valor, es des-preciar.
Escuchar a alguien es darle cabida en nosotros, es manifestarle que nos importa y por eso le atendemos. Escuchar es la primera forma en que se manifiesta el amor.
Escuchar es entrar en la experiencia de otra persona, a la vez que permites que esa experiencia entre a formar parte tuya.
Escuchemos lo que de Dios venga, lo que nos pida, acojámosle.
En valenciano ser “ben cregut” es creer lo que te dicen, porque te fías de quien lo dice. Ser creyente es escuchar y fiarte de Dios que te habla.
Escuchar a Dios es el primer paso para conocerle, amarle y saber lo que pide. Es fuente de un saber que puede transformar tu vida, tu consciencia y que, inequívocamente, te va a conducir al servicio.
Escuchar a otra persona es entrar a participar de su vida. Escuchar a Dios es entrar en la experiencia de su vida, de la vida divina.
Ahora, pasemos a hablar del amor:
El amor no existe; sólo existe “amar” y “ser amado”. Son los amantes los que crean el amor y no el amor el que crea amantes; una vivencia amorosa es más rica que todas las especulación sobre el amor.
Sólo Dios, que es Amor en acción, nos puede hablar dignamente
del sentimiento divino que llamamos amor.
Dios, para que Adán no estuviera solo creó a Eva y se la entregó. Bien sabe Dios que la soledad es muerte, ya que Él es pura relación, entrega total, es Trinidad, es comunicación íntima e indisoluble, es Amor. Por eso el amor humano es una aproximación a la verdad y realidad divina.
Sin amor, sin entrega, sin servicio no hay vida humana, pues queda muy lejos de ser reflejo de la vida divina.
El ser humano vive para amar, vivimos plenamente al amar, el amor nos humaniza plenamente y, a la vez, nos acerca tanto a Dios que somos sus iconos. Dios es amor, y al amar somos como Dios.
El ser humano es una existencia abierta al amor. Estamos constituidos por amor y para amar.
El ser humano se realiza cuando actúa humanamente, es decir, cuando ama. En el amor la recompensa está en el mismo acto de amar.
El amor es patrimonio de Dios, porque Dios es Amor; al ser Dios patrimonio nuestro, también lo es el amor.
El amor nos pertenece porque pertenecemos al amor. Sin amor la vida de nada sirve, no merece la pena ser vivida. Sin amor, sin tener a quien amar no somos nadie, de poco o nada valemos.
Amar a Dios y al prójimo es la única forma de ser humanos, pues es la única forma de ser divinos, de ser como Dios manda.
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