El ser humano es mistérico, nunca se le logra comprender del todo.
Conocer y comprender a alguien es un proceso que no acaba nunca.
No se alcanza a comprender un misterio ni por un discurso ni por mil razonamientos. Quere llegar a la inteligencia de un misterio es quimera. Solo nos acercamos a comprender, a vislumbrar un poco el misterio por la contemplación, la confidencia, el sentimiento, el afecto y la emoción propios del amor, propios del corazón.
Dios se dio a conocer en Jesús de Nazaret a Pedro, Santiago y Juan en el Tabor por la contemplación y la confidencia. Para un israelita, la montaña es el lugar propio del encuentro con Dios.
A nosotros también se nos da a conocer por la contemplación y la confidencia de los Apóstoles, gentes de nuestra confianza. Los cristianos somos gentes que creemos porque creímos en gentes que creían en Dios.
Tengamos en cuenta que uno ve lo que quiere ver cuando sabe mirar, y oye lo que quiere oír cuando sabe escuchar.
Saber mirar y escuchar es oficio de enamorados. Los misterios son propios de enamorados
El amor nos revela el misterio de la persona, nos la da a conocer.
Conocemos y comprendemos a quien amamos y mientras le amamos.
En clima de oración-plegaria pido:
Señor, concédenos amarte para entrar en tú misterio.
Y concédenos entrar en tu misterio para conocerte y hacerte nuestro.
Dios es Amor, es misterio, y al ser misterio no es para ser creído, sino para ser amado. A Dios no hay que creerle, hay que amarle.
Los demonios, si es que existen, también creen en Dios, pero no le aman.
Si no nos acercamos a Dios como misterio, ¿cómo le vamos a amar?
Amor y misterio van siempre juntos.
Conocer y amar a Dios es un don, una gracia gratis dada y gratis recibida. Si aceptas esa gracia huye de todo triunfalismo, has de saber callar. Pedro, Santiago y Juan guardaron silencio, no contaron nada a nadie.
Hoy y siempre, el primer problema de la Iglesia es superar el triunfalismo. Evangelio y triunfalismo se autoexcluyen. No lo olvidemos nunca, mover masas es poder. Y donde hay poder, no hay evangelio.
Todo triunfalismo, todo poder emborrona la visión de Dios, la dificulta y aleja. El triunfalismo es lo contrario de la contemplación y la confidencia.
De Dios hay que hablar siempre “a cau d´orella”, en clima de confidencia, al oído, de corazón y en el momento oportuno, en su kairós, como ocurre en el amor.
Ver y oír en momentos de claridad, “Tabor”, es fácil; ver y oír en momentos de oscuridad, como en “Getsemaní”, ya no lo es tanto.
Ver y oír en todo momento, ya sea en oscuridad o en luz, lo da el amor, un amor inextinguible, resultado de una fidelidad inquebrantable. Es lo que les fallo a Pedro, a Santiago y a Juan en Getsemaní, no estaban maduros ni el amor inextinguible ni en la lealtad inquebrantable.
Ante un misterio no basta con ver; vemos y olvidamos con facilidad; además de ver necesitamos oír para recordar y hacerlo nuestro: “Este es mi Hijo, el escogido, escuchadle”
Un misterio lo vamos comprendiendo en la medida en que ponemos en práctica lo visto, oído y recordado. Lo que “com-prendemos”, -lo que tomamos y lo hace nuestro-, forma parte de nosotros, está prendido y unido a nosotros.
La espiritualidad se forma desde lo que uno comprende y hace suyo.
Os quiero recordar que nuestra espiritualidad es la del Dios encarnado.
Jesús es la humanización de Dios, es nuestra única fuente de espiritualidad.
Necesitamos conocerle, comprenderle, hacerlo nuestro, acercarnos a Él para seguir sus pasos. En pocas palabras: para amarle, gozarle y vivirle.
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