Un “administrador” es una persona que goza de la confianza del amo, alguien que trabaja para él y que está llamado a ser su amigo de confianza.
De la misma manera Dios nos soñó cuando nos creó y llamó a la fe. Creer, tener fe, es aceptar ser de Dios y trabajar para Él, ser su amigo.
Pero sepamos que para los creyentes la primordial tentación no es el ateísmo ni el agnosticismo, es la idolatría, por eso Jesús nos advierte que: “no podéis servir a Dios y al dinero”. No se puede amar a Dios y al dinero.
El “dinero” es metáfora de los falsos dioses del tener y el poder,
del poseer y el consumir, del éxito para la influencia y el prestigio social.
“Dioses” que, prometiendo la felicidad, acaban esclavizando a sus fieles.
En esta liturgia, nos preguntamos: ¿Qué Dios me está gobernando?,
¿a qué Dios sirvo, amo y dedico mi tiempo, esfuerzos y sueños?
El “dinero” es el mayor enemigo de Dios, porque es el mayor enemigo de la igualdad entre las personas.
Y la igualdad es consecuencia de la paternidad divina. Dios es Padre, es nuestro Creador y todos estamos llamados a tratarnos como hermanos, como iguales. Así pues, todo lo que rompa la igualdad, rompe con Dios. Negar o ignorar la igualdad es negar e ignorar al Dios Padre de Jesús.
Centrándonos en el “dinero” hay que decir que en principio es neutro, ni bueno ni malo, todo depende del uso y del fin que le estamos dando; puede ser fuente de injusticias y hambre o de amor y solidaridad.
Pero no olvidemos que Jesús siempre habló muy mal de él y de los ricos, ¿por qué será? Porque fácilmente idolatramos el tener, el poseer, el dinero.
Imaginaos por un momento que estuviéramos sedientos por no tener agua, pero que alguien encuentra una fuente, sacia sus necesidades de beber y sigue almacenando más agua para especular con ella. Aquí empieza la idolatría.
Idolatramos el dinero porque, nos guste o no, el dinero es la mayor fuente de reconocimiento social, de admiración, de distinción y diferencia entre las personas: “Eres lo que tienes…”.
A lo anterior se suma que el ser humano, por diseño, tiene hambre de Absoluto, de infinito, de eternidad, de Dios.
Y cuando no hay Dios ni Absoluto se tiende a absolutizar lo relativo.
Si no hay Dios, o después de Dios, solo queda el “Dinero” como Absoluto.
De Dios decimos que es todopoderoso e invisible, esos son sus atributos, que coinciden con los del “dinero”. El dinero también es todopoderoso e invisible, las monedas de papel o metal solo son signo de su valor facial. Qué fácil nos es confundir el uno por el otro, amar a uno y desear al otro.
Qué fácil es ser creyente en Dios y adorar al “dinero”; pues lo que Dios me promete, me lo da el dinero ahora y aquí. Sí, es cierto, pero Dios nos libera y el “dinero” nos esclaviza.
El evangelio, que es escuela de vida, nos pregunta,
¿Qué estás haciendo con tu dinero, tus medios y tus talentos?,
¿los pones a servir o te sirves de ellos para tu egoísmo personal?
Nosotros somos muchas veces como el administrador infiel, por eso, cada día, tenemos que comenzar de nuevo y estar en continua conversión.
Cuando el dinero que tienes es para ti mismo te da bienestar; cuando lo pones a disposición de los demás, puede darte la felicidad.
Quedarse con el “bienestar” y no apostar por la “felicidad” es de tontos.
Conclusión:
Quien quiera su felicidad tendrá que desterrar el malestar del prójimo. Así nos hizo Dios, necesitados de los demás y Él no se equivoca. ¡Él sabrá!
Carta del Arzobispo de Valencia
Con la jornada de oración por el cuidado de la creación, instituida por el papa Francisco hace 10 años, comenzamos en la Iglesia Católica la celebración del “Tiempo de la creación” y nos unimos, de este modo, a esta iniciativa ecuménica con la que, desde el 1 de septiembre hasta el 4 de octubre de cada año, pretende sensibilizar a los cristianos de todas las confesiones acerca del deber moral que tenemos todos los seres humanos de cuidar la creación.
A muchos esto les puede parecer una causa muy secundaria en el conjunto de los compromisos y de los deberes que los cristianos tenemos para cumplir nuestra misión de anunciar y sembrar, con nuestras obras y palabras, el Reino de Dios. Quien piensa de este modo es que reduce el cuidado de la creación a la protección del medio ambiente. La obligación moral de cuidar la obra de Dios va más allá de una política ambiental que, a menudo, únicamente pretende proteger la calidad de vida de quienes viven en países desarrollados: ha de tender a luchar contra las causas que están en el origen de muchos de los abusos que se cometen en nuestro planeta, que provocan nuevas injusticias y desigualdades y que ponen en peligro la dignidad de vida de muchos pueblos en las zonas más pobres de nuestro planeta. Es evidente que nuestra tierra se está deteriorando. La injusticia, la violación del derecho internacional y de los derechos de los pueblos, las desigualdades y la codicia que de ellas se derivan producen deforestación, no perjudica a todos del mismo modo: los pueblos más pobres y las comunidades indígenas son los más afectados. Estamos ante una cuestión que forma parte de la Doctrina Social de la Iglesia. contaminación y pérdida de biodiversidad. Además, no podemos olvidar que la destrucción de la naturaleza
EVANGELIZACIÓN, CATEQUESIS Y CATECUMENADO: A CURSO
NUEVO, INICIATIVAS NUEVAS
Dos temas, que se unen a la campaña que han puesto en marcha con dos vídeos. Por un lado, despertar la vocación a ser catequista. Y por otro, invitar a los padres a inscribir a sus hijos en catequesis.
EL PAPA A LOS RELIGIOSOS:
RECONOCER LOS SIGNOS DE LOS TIEMPOS PARA SERVIR A LOS NECESITADOS
Responder a las necesidades del mundo, la obediencia para recordar a la sociedad actual el sentido del sacrificio y la importancia de vivir juntos la vocación religiosa. Estas son las tres sugerencias que León XIV dio a los participantes en los Capítulos Generales de los Misioneros de la Preciosísima Sangre, de la Sociedad de María (Maristas), de los Frailes Franciscanos de la Inmaculada y de las Ursulinas.
Isabella H. de Carvalho – Ciudad del Vaticano
Prestar «atención a los signos de los tiempos» para servir al prójimo en sus necesidades, vivir «la obediencia como un acto de amor» en el mundo actual y la importancia de «la vida en común». Estos son los tres mensajes de aliento que León XIV transmite a los religiosos y religiosas de diversas congregaciones e institutos, reunidos en Roma para sus capítulos generales y asambleas, con quienes se ha reunido hoy, 18 de septiembre, en audiencia en el Vaticano. Entre los participantes se encontraban miembros de los Misioneros de la Preciosísima Sangre, de la Sociedad de María (Maristas), de los Frailes Franciscanos de la Inmaculada y de las Ursulinas de María Inmaculada. Recordando el «bien» que hacen cada día en todas partes del mundo —«a menudo desconocido a los ojos de los hombres, pero no a los de Dios»—, el Papa invitó a los religiosos a «continuar con fe y generosidad» sus misiones, respondiendo a las necesidades del mundo, siguiendo los pasos de quienes fundaron estas familias religiosas.
“Sus fundadores y fundadoras fueron personas capaces de observar, evaluar, amar y luego partir, incluso a riesgo de sufrir grandes penas, incluso a costa de perder lo propio, para servir a los hermanos en sus necesidades reales, reconociendo en la indigencia del prójimo la voz de Dios.”
La atención a los signos de los tiempos
Es precisamente esta atención a los signos de los tiempos la que, según destaca el Pontífice, debería ser el impulso para estimular la misión. «Sin esta mirada abierta y atenta a las necesidades reales de los hermanos, ninguna de sus Congregaciones habría nacido jamás», insiste, «por eso es importante que trabajen en la memoria viva de esos valientes comienzos» Citando a su predecesor, el Papa Francisco, el Papa León explica que esto no significa «hacer arqueología o cultivar nostalgias inútiles», sino «recorrer el camino de las generaciones pasadas» para captar «la chispa inspiradora» e identificar «potencialidades quizás aún inexploradas, para ponerlas al servicio del “aquí y ahora”».
La obediencia puede ayudar al mundo a redescubrir el valor del sacrificio
El Pontífice subraya además la importancia de la obediencia como «valor fundamental» para la vida de los religiosos, pero también para el mundo actual, en el que a menudo impera la autorreferencialidad. «Hoy en día, hablar de obediencia no está muy de moda: se considera una renuncia a la propia libertad. Pero no es así». La obediencia es, por el contrario, «una escuela de libertad en el amor», de la que Jesús fue el primer ejemplo a través de «su relación con el Padre». León XIV menciona a este respecto a San Agustín, que insistía en la «estrecha relación que existe, en la vida cristiana, entre la obediencia y el amor verdadero».
La importancia de la vida en comunidad
Por último, el Pontífice invita a los religiosos a vivir la vida en comunidad «como lugar de santificación y fuente de inspiración, testimonio y fuerza en el apostolado». Aclara que en ella el Espíritu es «uno y pasa simultáneamente a todos» y «se disfruta del fruto del don ajeno como del propio».
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