Esta es la única vez que el Maestro usa la palabra “obediencia”, este término aparece solamente otra vez en los evangelios, la usan los apóstoles en el episodio de la tempestad calmada, “…hasta los vientos le obedecen”.
El tema de la obediencia no es central en la doctrina de Jesús; para Él lo nuclear e importante es la fe.
Vayamos a la fe y veamos ¿qué entiende Jesús por fe? Fiar y confiar en Dios. Para Él, uno tiene fe cuando fía y confía en Dios.
Preguntémonos, ¿qué es fiar y confiar en alguien? Es buscar y conocer su voluntad para cumplirla, para obedecerle, para expresar la experiencia de amarle.
Y buscar la voluntad de alguien para cumplirla desde la libertad es amarle. Tener fe es amar.
“Fe” es fiar y confiar, es un acto de amor libre, voluntario y desinteresado; nada que ver con el “obedecer” o no, por más poder o autoridad que tengan el que manda.
El creyente, como Teresa de Jesús, se pregunta una y mil veces ante Dios: “Señor, ¿qué mandáis hacer de mí? Que a todo digo que sí”.
Tener “Fe” es aceptar y contestar como Teresa de Jesús: “Sea la vida o sea la muerte, sea la salud o la enfermedad, guerra o paz, flaqueza o fuerza cumplida, que a todo digo que sí”.
Cuando fio y confío digo que sí, porque estoy convencido de que mi fe y mi salvación van unidas.
Para el creyente cristiano, la voluntad de Dios es la clave de su realización, plenitud, felicidad, salvación y santidad. Todo es lo mismo.
Fiar y confiar en Dios nos conduce a la salvación, a la conversión, nos lleva a lo mejor que nos puede ocurrir, a nacer de nuevo, hace de nosotros un ser nuevo.
Cuando uno hace lo que tiene que hacer acierta en su beneficio, solamente le falta dar las gracias y decir: “Siervos inútiles somos…”
Para un cristiano descubrir la fe es descubrir la clave de su historia.
La fe no nos facilita ni evita el trabajo, ni nos garantiza el éxito, pero nos da una cierta tranquilidad ante las decisiones a tomar, ya que nos acompaña, anima e ilumina en el discernimiento personal, en las decisiones a tomar.
Sin fe, la soledad, la angustia y el miedo a equivocarnos son moneda corriente; desde la fe también son una realidad, pero bastante más llevadera, pues la fe es la que nos pone en manos de Dios.
Aumentar la fe es crecer en la fiabilidad de Dios, decirse: “Estando con Dios, lo que me ocurre es lo mejor que me puede ocurrir”. Es estar convencido que “todo lo que viene, me conviene”.
Aumentar o crecer en la fe es preguntarse: “¿Qué es lo que Dios quiere que haga?” Pues no lo sé, pero me fío.
El creyente no es aquel que “cree-que-sabe”, sino quien “sabe- que-cree”, por eso está siempre inquieto, nunca tiene nada totalmente claro y continuamente, como los apóstoles, suplica: “Señor, auméntanos la fe”.
El creyente sólo “sabe-que-cree”, no tiene más seguridad ni más certeza. Y experimenta que la fe se vive en fragilidad y oscuridad, que comporta momentos de angustia por puro no saber y en los que, como Jesús, tendrá de exclamar: “Padre, a tus manos me encomiendo…”
Tener fe es fiarse de Dios.
Crecer en la fe, confiar en Él, ponerse en sus manos a pesar de todo y “que siga lo que Deu vullga”, “com Deu diga” i “tot menos apurarse”, que no passa res ja que “mai hi ha prou”!!!
DECLARACIÓN
INSTITUCIONAL SOBRE LA MASACRE EN GAZA
Uniéndonos al papa León XIV, a las víctimas de la violencia y a tantos hombres y mujeres de buena voluntad, clamamos por la paz en Gaza, así como en Ucrania, Sudán, Myanmar, región del Sahel, Haití, Nigeria y otros países y zonas del mundo que están en guerra. Es urgente, como creyentes seguir orando y, como ciudadanos, mantener un posicionamiento moral y político que se una a la palabra del mismo Dios para gritar: ¡no matarás!
Ningún fin justifica nunca el empleo de medios perversos como el terrorismo de Hamás o la masacre, respuesta desproporcionada e inhumana, a la que el Gobierno de Israel está sometiendo a la población civil de Gaza por los crímenes execrables cometidos el 7 de octubre. Es imprescindible parar la guerra, liberar a los rehenes, condenar el terrorismo y edificar unas relaciones entre las personas y los pueblos desde el respeto a la dignidad sagrada de la vida humana, la legalidad internacional y la búsqueda del bien común. Bienvenidas sean las iniciativas para lograr la paz.
Ante tanto sufrimiento provocado injustamente no podemos permanecer indiferentes.
MIGRANTES Y REFUGIADOS: LEÓN XIV
INSTA A PROMOVER POLÍTICAS DE RECONCILIACIÓN
El Papa León XIV recibe a los participantes en la Conferencia Internacional "Refugiados y migrantes en nuestra casa común" que se está celebrando en el Augustinianum y hace un llamamiento a la acción ante la emergencia de más de 100 millones de personas afectadas por la migración. El Pontífice, citando a Francisco, pide que se promueva "una cultura de reconciliación" como antídoto contra la "globalización de la impotencia", especialmente en tierras heridas por los conflictos.
Salvatore Cernuzio - Ciudad del Vaticano
"Inmóviles, silenciosos y quizás tristes" ante el sufrimiento de los inocentes, pensando que a estas alturas "ya no se puede hacer nada". Es ahí donde se corre el riesgo de la "globalización de la impotencia", una actitud tan peligrosa -o quizá más- que la "globalización de la indiferencia". León XIV toma el testigo de una "vieja" expresión del Papa Francisco, que ha quedado impresa en el imaginario colectivo, para relanzar esta nueva expresión -ya utilizada en el videomensaje para Lampedusa- que advierte de un posible peligro: la resignación, el inmovilismo e incluso la costumbre de que el sufrimiento ajeno ya ni siquiera "intentamos más aliviar". Algo que, ante la cifra estimada de 100 millones de personas afectadas por la migración y el desplazamiento, no podemos permitirnos en absoluto. El Pontífice se dirige a los participantes en la conferencia internacional Refugiados y migrantes en nuestra casa común, que, organizada por la Universidad de Villanova (a la que asistió el propio Robert Francis Prevost), está reuniendo en el Augustinianum -en estos días previos al Jubileo del mundo misionero y migrante- a representantes de universidades, ONG y socios comunitarios para elaborar planes de acción que respondan a las causas estructurales de los fenómenos migratorios.
La invitación del Papa Francisco
Es, en efecto, un sentido agradecimiento el que el Papa dirige a los organizadores de estas jornadas de debate, reflexión y colaboración, así como a los participantes por su contribución. Una contribución que se concretará en un proyecto trienal centrado en cuatro pilares fundamentales: "Enseñanza, investigación, servicio y apoyo".
De este modo, aceptan la invitación del Papa Francisco a las comunidades académicas para ayudar a satisfacer las necesidades de nuestros hermanos y hermanas desplazados centrándose en las áreas de su competencia.
La dignidad humana siempre en el centro
Estos pilares forman parte de una misma misión: "Reunir a las voces más autorizadas de diversas disciplinas para responder a los urgentes desafíos que plantea el creciente número de personas, estimado actualmente en más de 100 millones, que se ven afectadas por la migración y el desplazamiento", subraya el Papa León. A continuación, asegura sus oraciones para que todos estos "esfuerzos" puedan producir "nuevas ideas y enfoques, buscando siempre poner la dignidad de toda persona humana en el centro de cualquier solución".
Reconciliación y esperanza
Hay dos temas en particular que el Obispo de Roma señala para los planes de acción: la reconciliación y la esperanza. Reconciliación porque "uno de los obstáculos que surgen a menudo cuando se afrontan dificultades de esta magnitud es la actitud de indiferencia tanto por parte de las instituciones como de los individuos”.
Mi venerado predecesor hablaba de la "globalización de la indiferencia", en la que nos acostumbramos al sufrimiento ajeno y ya no intentamos aliviarlo. Esto puede conducir a lo que antes llamé la "globalización de la impotencia", cuando corremos el riesgo de quedarnos inmóviles, silenciosos y tal vez tristes, pensando que no se puede hacer nada ante el sufrimiento de inocentes.
No a la "globalización de la impotencia"
Y así como Francisco habló de la "cultura del encuentro" como antídoto contra la globalización de la indiferencia, "también nosotros -alienta el Papa León- debemos comprometernos a afrontar la globalización de la impotencia promoviendo una cultura de la reconciliación”.
Debemos encontrarnos sanando nuestras heridas, perdonándonos el mal que hemos hecho y también el que no hemos hecho, pero cuyos efectos soportamos. Esto requiere paciencia, disposición a escuchar, capacidad de identificarse con el dolor ajeno y el reconocimiento de que tenemos los mismos sueños y esperanzas.
Testigos privilegiados de la esperanza
Por ello, el Papa anima a "proponer modos concretos para promover gestos y políticas de reconciliación, especialmente en las tierras donde existen profundas heridas causadas por conflictos de larga duración". No es una tarea fácil, admite el Pontífice, "pero para que los esfuerzos en favor de un cambio duradero tengan éxito, deben incluir formas de tocar los corazones y las mentes". Además, añade León XIV, en la formulación de los planes de acción es importante recordar que "los migrantes y los refugiados pueden ser testigos privilegiados de esperanza a través de su resiliencia y su confianza en Dios.
A menudo conservan su fuerza en la búsqueda de un futuro mejor, a pesar de los obstáculos que encuentran.
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