Festividad de Cristo Rey del Universo, último domingo del año Litúrgico. Pio XI instituye la fiesta situando a Jesús como señor y dueño de todo lo creado, en un periodo entreguerras, con las monarquías europeas tambaleándose y habiéndose perdido los Estados Pontificios. Luego, Pablo VI, en 1969, traslada la fiesta al último domingo del Año Litúrgico, presentando a Jesús como Rey Servidor y Salvador de la Humanidad. Esto está más acorde a nuestra mentalidad, al momento actual.
Bien, que hoy celebremos a Cristo Rey no justifica que algunos eclesiásticos se vistan como Richelieu. Veamos qué es lo que significa para nosotros el título de “Rey”. Lo mismo que para el pueblo judío, el hombre real, el auténtico, el que hace las veces de Dios en este mundo, el que es parcial en su justicia poniéndose de parte de la viuda, al huérfano y al desvalido.
Esto es lo que pedían a Dios los judíos al estar gobernados por jueces injustos.
Para nosotros, Jesús es Rey, real por excelencia, Dios en persona en este mundo; por lo que su reino y poder no tienen nada que ver cn los que están al uso.
En la vida hay dos caminos, dos formas de alcanzar el “ser rey”: uno que conduce a la grandeza, a los honores y condecoraciones, y otro que conduce a los últimos, a los pobres, a Dios, a la humildad.
¿Cuál fue el de Jesús? Si no lo sabes, aún no eres cristiano. Si eres cristiano y te revistes de poder y grandeza, pleitesías y reverencias vives o consientes en ti mismo una contradicción.
Jesús es Rey de los últimos, con los últimos y para los últimos de la sociedad.
Es Rey en pobreza porque sirvió al “reino de Dios”, que más que un “Reino” es un pueblo de “hijos pródigos, “mujeres adúlteras”, “publicanos avergonzados”, y de “ladrones esperanzados”. A un pueblo así sirvió Jesús.
Si en vez de servirlo se hubiese servido de él sería Rey en poder, grandeza, riqueza y esplendor, con títulos, coronas y condecoraciones.
Jesús es Rey desde su autoridad personal y sin poder alguno, a Él se le obedece sin mandar, sin tener ninguna potestad dominativa. Por tanto, tener y ejercitar algún tipo de potestad dominativa es antievangélico.
Es antievangélico mandar desde la fuerza y el dominio.
Cristo, ante los cristianos, nunca ha sufrido una crisis de autoridad; ni los cristianos ante Él han sufrido nunca una crisis de obediencia.
Si pecamos, si no le obedecemos siempre y en todo, es por nuestra debilidad y no por su falta de autoridad.
Los que mandan desde el poder aborrecen las crisis de obediencia y desean un imposible, quieren tener poder y ser autoridad al mismo tiempo. Poder y autoridad se autoexcluyen.
Los que mandan y no se les obedece que se fijen en Jesús; que se ganen su ser autoridad personal y serán gozosamente obedecidos.
Un cristiano cabal, ante una falta de autoridad personal no tiene por qué obedecer. Lo profético será no obedecer.
Las crisis de autoridad personal desencadenan crisis de obediencia, como las crisis de obediencia denuncian siempre crisis de autoridad personal.
Un grito revolucionario, sería: ¡¡¡“Queremos obedecer”!!! Os imagináis qué sentirían los que ejercen su poder y quieren ser autoridad.
Jesús es nuestro Rey, ni tenemos ni queremos otro, somos sus súbditos, esto lo vamos de tener muy claro, pues si no sabemos quiénes somos nos comportaremos como quien no somos. Saber lo que uno es ayuda a actuar en coherencia, en consecuencia. (El peral da peras).
Para acabar os repetiré que Jesús es Rey sólo de personas
necesitadas de conversión como lo somos nosotros,
junto al “hijo pródigo”, a la “mujer adúltera”, al “publicano avergonzado” y al “buen ladrón”,
San Dimas.
Jesús reina y gobierna a los que convierte desde su amor.
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