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DOMINGO DE RAMOS - Ciclo A

HOJA PARROQUIAL

29 DE MARZO DE 2026 -  DOMINGO 6º TIEMPO DE CUARESMA 


Lectura del santo evangelio según San Mateo (26,14-22,66)

C. En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a los sumos sacerdotes y les propuso:
S. «¿Qué estáis dispuestos a darme, si os lo entrego?»
C. Ellos se ajustaron con él en treinta monedas. Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo.
C. El primer día de los Ázimos se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron:
S. -«¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?»
C. Él contestó:
+ «Id a la ciudad, a casa de Fulano, y decidle: «El Maestro dice: Mi momento está cerca; deseo celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos.»»
C. Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua.
C. Al atardecer se puso a la mesa con los Doce. Mientras comían dijo:
+ «Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar.»
C. Ellos, consternados, se pusieron a preguntarle uno tras otro:
S. «¿Soy yo acaso, Señor?»
C. Él respondió:
+ «El que ha mojado en la misma fuente que yo, ése me va a entregar. El Hijo del hombre se va, como está escrito de él; pero, ¡ay del que va a entregar al Hijo del hombre!; más le valdría no haber nacido.»
C. Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar:
S. «¿Soy yo acaso, Maestro?»
C. Él respondió:
+ «Tú lo has dicho.»
C. Durante la cena, Jesús cogió pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo:
+ «Tomad, comed: esto es mi cuerpo.»
C.. Y, cogiendo una copa, pronunció la acción de gracias y se la dio diciendo:
+ «Bebed todos; porque ésta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos para el perdón de los pecados. Y os digo que no beberé más del fruto de la vid, hasta el día que beba con vosotros el vino nuevo en el reino de mi Padre.»
C. Cantaron el salmo y salieron para el monte de los Olivos.
C. Entonces Jesús les dijo:
+ «Esta noche vais a caer todos por mi causa, porque está escrito: «Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas del rebaño.» Pero cuando resucite, iré antes que vosotros a Galilea.»
C. Pedro replicó:
S. «Aunque todos caigan por tu causa, yo jamás caeré.»
C. Jesús le dijo:
+ «Te aseguro que esta noche, antes que el gallo cante, me negarás tres veces.»
C . Pedro le replicó:
S. «Aunque tenga que morir contigo, no te negaré. »
C. Y lo mismo decían los demás discípulos.
C. Entonces Jesús fue con ellos a un huerto, llamado Getsemaní, y les dijo:
+ «Sentaos aquí, mientras voy allá a orar.»
C. Y, llevándose a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, empezó a entristecerse y a angustiarse. Entonces dijo:
+ «Me muero de tristeza: quedaos aquí y velad conmigo.»
C. Y, adelantándose un poco, cayó rostro en tierra y oraba diciendo:
+ «Padre mío, si es posible, que pase y se aleje de mí ese cáliz. Pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que tú quieres.»
C. Y se acercó a los discípulos y los encontró dormidos. Dijo a Pedro:
+ «¿No habéis podido velar una hora conmigo? Velad y orad para no caer en la tentación, pues el espíritu es decidido, pero la carne es débil.»
C. De nuevo se apartó por segunda vez y oraba diciendo:
+ «Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad.»
C. Y, viniendo otra vez, los encontró dormidos, porque tenían los ojos cargados. Dejándolos de nuevo, por tercera vez oraba, repitiendo las mismas palabras. Luego se acercó a sus discípulos y les dijo:
+ «Ya podéis dormir y descansar. Mirad, está cerca la hora, y el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levantaos, vamos! Ya está cerca el que me entrega.»
C. Todavía estaba hablando, cuando apareció Judas, uno de los Doce, acompañado de un tropel de gente, con espadas y palos, mandado por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo. El traidor les había dado esta contraseña:
S. «Al que yo bese, ése es; detenedlo.»
C. Después se acercó a Jesús y le dijo:
S. «¡Salve, Maestro!»
C. Y lo besó. Pero Jesús le contestó:
+ «Amigo, ¿a qué vienes?»
C. Entonces se acercaron a Jesús y le echaron mano para detenerlo. Uno de los que estaban con él agarró la espada, la desenvainó y de un tajo le cortó la oreja al criado del sumo sacerdote. Jesús le dijo:
+ «Envaina la espada; quien usa espada, a espada morirá. ¿Piensas tú que no puedo acudir a mi Padre? Él me mandaría en seguida más de doce legiones de ángeles. Pero entonces no se cumpliría la Escritura, que dice que esto tiene que pasar.»
C. Entonces dijo Jesús a la gente:
+ «¿Habéis salido a prenderme con espadas y palos, como a un bandido? A diario me sentaba en el templo a enseñar y, sin embargo, no me detuvisteis.»
C. Todo esto ocurrió para que se cumpliera lo que escribieron los profetas. En aquel momento todos los discípulos lo abandonaron y huyeron. Los que detuvieron a Jesús lo llevaron a casa de Caifás, el sumo sacerdote, donde se habían reunido los escribas y los ancianos. Pedro lo seguía de lejos, hasta el palacio del sumo sacerdote, y, entrando dentro, se sentó con los criados para ver en qué paraba aquello. Los sumos sacerdotes y el sanedrín en pleno buscaban un falso testimonio contra Jesús para condenarlo a muerte y no lo encontraban, a pesar de los muchos falsos testigos que comparecían. Finalmente, comparecieron dos, que dijeron:
S. «Éste ha dicho: «Puedo destruir el templo de Dios y reconstruirlo en tres días.»»
C. El sumo sacerdote se puso en pie y le dijo:
S. «¿No tienes nada que responder? ¿Qué son estos cargos que levantan contra ti?»
C. Pero Jesús callaba. Y el sumo sacerdote le dijo:
S. «Te conjuro por Dios vivo a que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios.»
C. Jesús le respondió:
+ «Tú lo has dicho. Más aún, yo os digo: Desde ahora veréis que el Hijo del hombre está sentado a la derecha del Todopoderoso y que viene sobre las nubes del cielo.»
C. Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras, diciendo:
S. «Ha blasfemado. ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Acabáis de oír la blasfemia. ¿Qué decidís?»
C. Y ellos contestaron:
S. «Es reo de muerte.»
C. Entonces le escupieron a la cara y lo abofetearon; otros lo golpearon, diciendo:
S. «Haz de profeta, Mesías; ¿quién te ha pegado?»
C. Pedro estaba sentado fuera en el patio, y se le acercó una criada y le dijo:
S. «También tú andabas con Jesús el Galileo.»
C. Él lo negó delante de todos, diciendo:
S. «No sé qué quieres decir.»
C. Y, al salir al portal, lo vio otra y dijo a los que estaban allí:
S. «Éste andaba con Jesús el Nazareno.»
C. Otra vez negó él con juramento:
S. «No conozco a ese hombre.»
C. Poco después se acercaron los que estaban allí y dijeron a Pedro:
S. «Seguro; tú también eres de ellos, te delata tu acento.»
C. Entonces él se puso a echar maldiciones y a jurar, diciendo:
S. «No conozco a ese hombre.»
C. Y en seguida cantó un gallo. Pedro se acordó de aquellas palabras de Jesús: «Antes de que cante el gallo, me negarás tres veces.» Y, saliendo afuera, lloró amargamente. Al hacerse de día, todos los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo se reunieron para preparar la condena a muerte de Jesús. Y, atándolo, lo llevaron y lo entregaron a Pilato, el gobernador. Entonces Judas, el traidor, al ver que habían condenado a Jesús, sintió remordimiento y devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y ancianos, diciendo:
S. «He pecado, he entregado a la muerte a un inocente.»
C. Pero ellos dijeron:
S. «¿A nosotros qué? ¡Allá tú!»
C. Él, arrojando las monedas en el templo, se marchó; y fue y se ahorcó. Los sumos sacerdotes, recogiendo las monedas, dijeron:
S. «No es lícito echarlas en el arca de las ofrendas, porque son precio de sangre.»
C. Y, después de discutirlo, compraron con ellas el Campo del Alfarero para cementerio de forasteros. Por eso aquel campo se llama todavía «Campo de Sangre». Así se cumplió lo escrito por Jeremías, el profeta: «Y tomaron las treinta monedas de plata, el precio de uno que fue tasado, según la tasa de los hijos de Israel, y pagaron con ellas el Campo del Alfarero, como me lo había ordenado el Señor.» Jesús fue llevado ante el gobernador, y el gobernador le preguntó:
S. «¿Eres tú el rey de los judíos?»
C. Jesús respondió:
+ «Tú lo dices.»
C. Y, mientras lo acusaban los sumos sacerdotes y los ancianos, no contestaba nada. Entonces Pilato le preguntó:
S. «¿No oyes cuántos cargos presentan contra ti?»
C. Como no contestaba a ninguna pregunta, el gobernador estaba muy extrañado. Por la fiesta, el gobernador solía soltar un preso, el que la gente quisiera. Había entonces un preso famoso, llamado Barrabás. Cuando la gente acudió, les dijo Pilato:
S. «¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús, a quien llaman el Mesías?»
C. Pues sabía que se lo habían entregado por envidia. Y, mientras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó a decir:
S. «No te metas con ese justo, porque esta noche he sufrido mucho soñando con él.»
C. Pero los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la gente que pidieran el indulto de Barrabás y la muerte de Jesús. El gobernador preguntó:
S. «¿A cuál de los dos queréis que os suelte?»
C. Ellos dijeron:
S. «A Barrabás.»
C. Pilato les preguntó:
S. «¿Y qué hago con Jesús, llamado el Mesías?»
C. Contestaron todos:
S. «Que lo crucifiquen.»
C. Pilato insistió:
S. «Pues, ¿qué mal ha hecho?»
C. Pero ellos gritaban más fuerte:
S. «¡Que lo crucifiquen!»
C. Al ver Pilato que todo era inútil y que, al contrario, se estaba formando un tumulto, tomó agua y se lavó las manos en presencia de la multitud, diciendo:
S. «Soy inocente de esta sangre. ¡Allá vosotros!»
C. Y el pueblo entero contestó:
S. «¡Su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!»
C. Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran. Los soldados del gobernador se llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a toda la compañía; lo desnudaron y le pusieron un manto de color púrpura y, trenzando una corona de espinas, se la ciñeron a la cabeza y le pusieron una caña en la mano derecha. Y, doblando ante él la rodilla, se burlaban de él, diciendo:
S. «¡Salve, rey de los judíos!»
C. Luego le escupían, le quitaban la caña y le golpeaban con ella la cabeza. Y, terminada la burla, le quitaron el manto, le pusieron su ropa y lo llevaron a crucificar. Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo forzaron a que llevara la cruz. Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota (que quiere decir: «La Calavera»), le dieron a beber vino mezclado con hiel; él lo probó, pero no quiso beberlo. Después de crucificarlo, se repartieron su ropa, echándola a suertes, y luego se sentaron a custodiarlo. Encima de su cabeza colocaron un letrero con la acusación: «Éste es Jesús, el rey de los judíos.» Crucificaron con él a dos bandidos, uno a la derecha y otro a la izquierda. Los que pasaban lo injuriaban y decían, meneando la cabeza:
S. «Tú que destruías el templo y lo reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, baja de la cruz.»
C. Los sumos sacerdotes con los escribas y los ancianos se burlaban también, diciendo:
S. «A otros ha salvado, y él no se puede salvar. ¿No es el rey de Israel? Que baje ahora de la cruz, y le creeremos. ¿No ha confiado en Dios? Si tanto lo quiere Dios, que lo libre ahora. ¿No decía que era Hijo de Dios?»
C. Hasta los bandidos que estaban crucificados con él lo insultaban. Desde el mediodía hasta la media tarde, vinieron tinieblas sobre toda aquella región. A media tarde, Jesús gritó:
+ «Elí, Elí, lamá sabaktaní.»
C. (Es decir:
+ «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»)
C. Al oírlo, algunos de los que estaban por allí dijeron:
S. «A Elías llama éste.»
C. Uno de ellos fue corriendo; en seguida, cogió una esponja empapada en vinagre y, sujetándola en una caña, le dio a beber. Los demás decían:
S. «Déjalo, a ver si viene Elías a salvarlo.»
C. Jesús dio otro grito fuerte y exhaló el espíritu.
Todos se arrodillan, y se hace una pausa
C. Entonces, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo; la tierra tembló, las rocas se rajaron. Las tumbas se abrieron, y muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron. Después que él resucitó, salieron de las tumbas, entraron en la Ciudad santa y se aparecieron a muchos. El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, el ver el terremoto y lo que pasaba, dijeron aterrorizados:
S. «Realmente éste era Hijo de Dios.»
C. Había allí muchas mujeres que miraban desde lejos, aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea para atenderlo; entre ellas, María Magdalena y María, la madre de Santiago y José, y la madre de los Zebedeos. Al anochecer, llegó un hombre rico de Arimatea, llamado José, que era también discípulo de Jesús. Éste acudió a Pilato a pedirle el cuerpo de Jesús. Y Pilato mandó que se lo entregaran. José, tomando el cuerpo de Jesús, lo envolvió en una sábana limpia, lo puso en el sepulcro nuevo que se había excavado en una roca, rodó una piedra grande a la entrada del sepulcro y se marchó. María Magdalena y la otra María se quedaron allí, sentadas enfrente del sepulcro. A la mañana siguiente, pasado el día de la Preparación, acudieron en grupo los sumos sacerdotes y los fariseos a Pilato y le dijeron:
S. «Señor, nos hemos acordado que aquel impostor, estando en vida, anunció: «A los tres días resucitaré.» Por eso, da orden de que vigilen el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vayan sus discípulos, roben el cuerpo y digan al pueblo: «Ha resucitado de entre los muertos.» La última impostura sería peor que la primera.»
C. Pilato contestó:
S. «Ahí tenéis la guardia. Id vosotros y asegurad la vigilancia como sabéis.»
C. Ellos fueron, sellaron la piedra y con la guardia aseguraron la vigilancia del sepulcro.

Palabra del Señor

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Comentario de Benjamín

Hoy en la liturgia se proclama la Pasión de Nuestro señor Jesucristo y todos guardamos silencio para concluir que… Mejor es sufrir una injusticia que cometerla.

Con esto queda todo dicho.

Pero permitidme unas reflexiones:

Jesús actuó en total aceptación y empatía con el Espíritu de Dios, el Espíritu Santo que le condujo a vivir de forma compasiva y apasionada en favor de los necesitados, marginados, marginales o no hasta el punto de que al final su vida acabó en una pura pasión.

Fue un apasionado por hacer realidad el Reino de Dios en este mundo, por hacer posible una sociedad y un mundo digno del mismo Dios. Esta es, y no otra, la esencia del vivir cristiano, este es el estilo de vida que nos espera, una vida en el Espíritu. La suerte que nos espera es la misma que Jesús tuvo.

Jesús era de Dios, vivía en Dios antes de nacer; en su vida temporal, mientras vivió en esta tierra, cuando anduvo por los caminos de Palestina, siguió siendo de Dios, viviendo en Dios. Y después de morir, por su resurrección, le pasó lo mismo, siguió eternamente en Dios.

A nosotros nos espera lo mismo, también vivíamos en Dios antes de nacer. Vivimos en Dios al venir a la tierra y hacer nuestra vida, pues es el mismo Dios quien nos va creando día a día, momento a momentos en las determinaciones que vamos tomando. Y viviremos en Dios en cuanto muramos, pues también resucitaremos.

Como dice la Escritura: “En la vida y en la muerte somos del Señor”, “En Dios somos, nos movemos y existimos”.

Los cristianos siempre nos encontramos en el mismo sitio: en el Señor.

Bajo nuestra responsabilidad está el mantener un comportamiento acorde con estas realidades. Habrá que procurar que Dios no se avergüence de nuestro vivir y que colaboremos en su plan de salvación-felicidad de todas sus criaturas.

Pertenecemos a Dios por origen y destino, esto lo tenemos claro; pero que nos mantengamos fieles y acordes con la voluntad de Dios a la hora de tomar determinaciones, eso ya no está tan claro, todo depende de nuestra generosidad o egoísmo, es un asunto de libertad y de voluntad.

Pidamos a Jesús, que es nuestro Maestro en el arte de buscar a Dios, que sepamos cumplir su voluntad y hacer lo que le gusta para encontrar sentido a nuestra vida.

El Dios que nos mostró Jesús a lo largo de su apasionada vida se interesa por los que no interesan, por los machacados por la historia, la sociedad y el sistema. Por eso el amor y el servicio a los desheredados es lo que llena de sentido a nuestra existencia.

Lo que nos va a sostener es la esperanza y el empeño de dar una vida mejor a los que viven peor que nosotros, pues es la misma fe en Jesús la que ilumina nuestro caminar.

Cuando la fe en Jesús nos ilumina nos conduce al convencimiento de que su forma de vivir es la mejor que podemos tener. Esa misma fe iluminará también nuestra muerte y nos abrirá a la resurrección.
Amigos, cuando la fe no sirve para vivir, tampoco sirve para morir.

Se nos dijo que Dios se comunica al mundo por medio de Jesús, que es su Palabra hecha carne; pero también hay que decir que Dios, en muchas ocasiones, calla y guarda silencio. En la cruz Dios no habló y Jesús murió gritando, pidiendo ayuda. Dios no respondió a su llamada, pero Jesús murió en esperanza confiándole su espíritu: “En tus manos encomiendo mi espíritu”.

El silencio forma parte de la comunicación de Dios, forma parte del mismo Dios.

Dios muere con Jesús, se identifica con Él y se provoca el silencio. No hay más que decir.

Desde aquel momento, cuando necesitemos y busquemos a Dios vayamos a Jesús.

CELEBRACIONES

Horarios

Sábados a las 19:00 h Domingos y Festivos a las 10:00 y 12:00 h



Exposición del Santísimo: de martes a viernes después de la eucaristía.

Lunes Santo 30 de marzo 

   10:00 h. Laudes  y Eucaristía

    19:00 h. Eucaristía

Martes Santo 31  marzo

    10:00 h. Laudes  y Eucaristía

    19:00 h. Celebración penitencial 

Miércoles Santo 1 abril

    10:00 h. Laudes y Eucaristía 

    19:00 h. Eucaristía

    19:30 h. Charla "Las mujeres de la Pasión"

Jueves  Santo 2 abril

    10:00 h. Laudes: Oración de la mañana 

    19:30 h. Celebracón de la Cena del Señor

    Después Hora Santa

    Campaña de Alimentos

Viernes  Santo 3 abril  

    9:00 h. Laudes (Monasterio de los Servitas)

    17:00 h. Novena a la Divina Misericordia

    17:30 h. Oficios de la Pasión del Señor 

    19:30 Procesión del Santo Entierro interparroquial  

Sábado Santo 4 abril 

    20:00 h Solemne Vigilia Pascual 

    21:30 h. Cena Pascual-locales parroquiales

Domingo de RESURRECCIÓN 5  abril 

    12:00 h. Eucaristía 


NOTICIAS

CONTEMPLAR, ADORAR, ORAR

Carta del Arzobispo de Valencia

El autor de la Carta a los hebreos nos exhorta a tener los ojos “fijos en el que inició y completa nuestra fe, Jesús, quien, en lugar del gozo inmediato, soportó la cruz, despreciando la ignominia, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios” (He 12, 2). Si bien esta exhortación la debemos tener en cuenta en todo el camino de nuestra vida cristiana, es en estos días en los que celebramos la Pasión del Señor cuando nuestra mirada debería centrarse en Él de un modo especial. Quiero invitaros a que, durante estos días de Semana Santa, en los que las calles de muchos de nuestros pueblos y ciudades se llenan de religiosidad, y en los que las celebraciones litúrgicas adquieren una especial solemnidad, nos centremos en Cristo, que es el que inicia y lleva a plenitud nuestra fe.

La liturgia de la Iglesia es una invitación, en primer lugar, a contemplar el misterio de la cruz. Cuando nos encontramos ante una imagen de Cristo crucificado, lo primero que vemos es lo que esta imagen representa: el crucificado es un torturado, una víctima de una injusticia más de las muchas que se han cometido y desgraciadamente se seguirán cometiendo a lo largo de la historia de la humanidad. Sin embargo, en el caso de Cristo, los creyentes no nos debemos quedar únicamente en lo que la cruz representa, sino en lo que significa: el significado va más allá de lo representado. En el modo de afrontar la muerte se descubre la auténtica profundidad del misterio de la cruz. Y es que Jesús murió pidiendo al Padre el perdón para sus perseguidores; consolando cuando era quien más necesitado estaba de ser consolado; abriendo las puertas del paraíso a aquel malhechor que en ese momento le abre el corazón; confiando y abandonándose en las manos del Padre. De este modo, aunque la cruz es un signo de muerte a los ojos del mundo, la mirada de la fe nos lleva a ver en ella un signo de amor.

En la celebración del Viernes Santo somos invitados a adorar el árbol de la cruz. No somos espectadores que contemplan un drama desde la indiferencia. La muerte de Cristo debe conmovernos en lo más profundo del corazón. Quien contempla la muerte de Cristo y ve lo que la humanidad ha hecho con alguien que había pasado haciendo el bien, queda consternado al caer en la cuenta del mal que puede haber en nuestro mundo. Pero esta no es la única reacción posible: la consternación deja paso a la admiración ante la grandeza del amor de Dios. La adoración es la respuesta de dolor y de amor que la Iglesia le quiere dirigir al Señor al revivir, año tras año, el drama de la pasión.

La contemplación y la adoración deben dejar paso a la intercesión. Durante estos días los cristianos oramos por toda la humanidad, para que a todos alcance la salvación de Cristo. Él no murió para salvar únicamente a la Iglesia, sino que entregó su vida por todos, por eso en la cruz oró por sus enemigos y ahora intercede por todos ante el Padre. Si la salvación se ofrece a todos, al orar los cristianos nos unimos a la oración de Cristo y manifestamos el deseo de que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.

Con el deseo de que la celebración de la Semana Santa nos una más al Señor, recibid mi bendición.



PASOLINI: LA VIDA LIBRE CONSISTE EN AMAR SIEMPRE Y PASAR EL DOLOR SIN DEJARSE VENCER

El Evangelio nos capacita «para un camino de purificación y conversión que nos conduce a la libertad de los hijos de Dios»: así concluye el predicador de la Casa Pontificia la cuarta y última meditación de Cuaresma de hoy, 27 de marzo, en el Aula Pablo VI, en presencia del Papa. El capuchino reinterpreta el último tramo de la vida y la muerte de San Francisco, quien «aprendió a aceptar su propia fragilidad», descubriendo que la mayor libertad es ponerse al servicio de la Iglesia y del mundo.

Alessandro Di Bussolo - Ciudad del Vaticano

El redescubrimiento de las últimas etapas del camino terrenal de San Francisco de Asís, quien aprende «a aceptar su propia fragilidad» y pequeñez, y que nada, ni siquiera el rechazo, la enfermedad o la muerte, puede separarnos jamás del amor de Dios. Es el camino de reflexión que ofrece el predicador de la Casa Pontificia, el padre Roberto Pasolini, en su cuarta y última meditación de Cuaresma sobre el tema: «La libertad de los hijos de Dios. La perfecta alegría y la muerte como hermana», esta mañana, 27 de marzo, en el Aula Pablo VI, en presencia de León XIV.

El padre capuchino recuerda que en estas cuatro citas, sobre el tema «El que vive en Cristo es una nueva criatura», se optó por dejarse guiar por la figura del Pobrecillo «en el camino de conversión al Evangelio». El fruto más maduro de su experiencia será, finalmente, «la libertad de los hijos de Dios».
Francisco guiado por Dios en la pobreza de su vida

Subraya que Francisco se convirtió en santo porque aprendió «a dejarse guiar por Dios en la concreción y la pobreza de su existencia» y, por lo tanto, como alter Christus, a acoger al Espíritu Santo con disponibilidad. Hacia el final de sus días, recuerda Tomás de Celano, que se había «transformado en oración viviente», es decir, «toda su forma de vivir se había convertido en una oración continua».

El camino de la perfecta alegría
En esos últimos años, sin embargo, continúa el predicador, Francisco atravesó la «enorme tentación» de una crisis profunda: la Orden de los Frailes Menores «creció y se transformó», y él «se siente dejado de lado, casi inútil, incluso considerado un “idiota”». Al fraile León, que estaba con él en Santa María de los Ángeles, el Pobrecillo le cuenta la parábola de la «verdadera y perfecta alegría», pidiéndole que enumere cosas hermosas «que pudieran ser motivo de orgullo para él y para la Iglesia». Al final le pide que escriba que «en todas estas cosas no hay alegría perfecta», y le explica que «la alegría auténtica se manifiesta cuando el rechazo, la humillación y la incomprensión no logran quitarnos la paz». La verdadera alegría, comenta el padre Pasolini, está en la forma «en que reaccionamos ante las circunstancias adversas, cuando somos rechazados y excluidos».

La felicidad no es protegerse de la realidad, sino aprender a acogerla incluso cuando duele, sin dejarnos abrumar por ella. Es ahí donde la vida cristiana se vuelve concreta y aprendemos a custodiar una alegría que no depende de cómo van las cosas, sino de cómo elegimos vivirlas.

La verdadera alegría, por lo tanto, no es «la ausencia de heridas», sino «la libertad de no dejarse definir por ellas». Es una libertad que no borra el dolor, pero le impide tener la última palabra.

Las Bienaventuranzas, promesa de vida plena
Es Jesús, en el Evangelio, quien muestra que «esta forma de vivir —libres incluso ante el odio y la persecución— es la forma plena de la vida nueva en su nombre». Lo hace al inicio de su ministerio público, con las Bienaventuranzas, que no son una ley, sino una promesa, «no un programa de perfeccionamiento moral, sino la revelación de una felicidad que ya está actuando en el corazón de la realidad».

Las Bienaventuranzas no invitan a huir de la realidad ni a posponer la felicidad a un futuro lejano. Piden que vivamos más profundamente lo que estamos viviendo, incluso cuando se muestra frágil e inconcluso. Anuncian que el camino hacia una vida plena pasa por nuestra experiencia concreta, dentro de lo que somos y por lo que estamos atravesando.
La nueva libertad, no depender de condiciones externas

Nos dicen, por tanto, «que esta vida, tal como es, ya es el lugar donde podemos saborear la plenitud de la vida». No trazan, subraya el predicador de la Casa Pontificia, un camino heroico, «sino que nos capacitan para ofrecer un consentimiento humilde a lo que se nos da vivir, incluso cuando cuesta esfuerzo, soledad y persecuciones». Afirman que la realidad, tal como es, puede convertirse en un lugar de felicidad.

Esto significa que la vida no debe posponerse ni idealizarse, sino acogerse en su trágica y sublime concreción. La alegría evangélica no elimina las heridas, sino que las atraviesa y las transforma, abriéndonos al amor más grande, el que perdona. Es precisamente en esta adhesión a lo real donde se abre una nueva libertad, capaz de no depender ya de las condiciones externas.

Los estigmas: consecuencias del amor
La meditación aborda, pues, el tema de los fenómenos místicos en los que «el misterio del sufrimiento de Cristo se refleja en el cuerpo del creyente», como en el caso de los estigmas de Francisco en el monte de la Verna. Dios no «necesita nuestro dolor para sentirse satisfecho o glorificado», y cuando «toca a un hombre en lo más profundo, no está, por tanto, añadiendo dolor, sino transformando y transfigurando lo que ya está presente en su historia, convirtiéndolo en un signo y una consecuencia del amor». Francisco sube a La Verna con el cuerpo agotado, los ojos marcados por una enfermedad que lo estaba llevando a la ceguera, y el alma marcada por la «gran tentación» de sentirse marginado, en una Orden que crecía desmesuradamente. Y aquí Dios interviene no «añadiendo nuevas laceraciones, sino transformando las que ya habitan en la vida».

Los sufrimientos de Francisco —el fracaso de sus proyectos, la incomprensión de los hermanos, la soledad de quien se ha entregado sin reservas— dejan de ser un peso retenido en su interior y se convierten en lugar de relación. Lo que parecía separarlo de los demás se convierte en lo que lo une a Cristo y, en consecuencia, lo reconcilia con los hermanos.

El dolor no desaparece, pero ya no tiene la última palabra
Las estigmas, recuerda el padre Pasolini, son así «el signo visible de una transformación interior»: Francisco baja de La Verna «con el cuerpo marcado y el corazón libre». El dolor no desaparece, pero ya no tiene la última palabra. Y esta es una buena noticia también para nosotros. El sufrimiento no desaparece, «pero ya no tiene el poder de encerrarnos. En lo más profundo del corazón descubrimos que tenemos una paz que nada ni nadie nos puede quitar».

Los dolores de la vida dejan en nosotros huellas que no siempre comprendemos y que a menudo nos cuesta aceptar. Son heridas que permanecen abiertas a dos posibilidades: pueden encerrarnos en el resentimiento o en la huida, o bien convertirse en espacios de crecimiento y de libertad.

Hermana muerte, última oportunidad de conversión
En el invierno de la vida, en los meses que preceden a la muerte, Francisco «realiza el gesto más difícil: aprende a mendigar», no el pan, sino «consuelo, cercanía, ternura. Aprende a recibir». Acepta ser atendido en un lugar protegido, el palacio del obispo de Asís: es «la pobreza de quien sabe que necesita a los demás tanto para vivir como para morir». Y cuando llama hermana a la Muerte, esta palabra «no es una metáfora consoladora», sino más bien «el fruto de un largo camino de reconciliación». Porque, como dice la carta a los Hebreos, el diablo nos mantiene esclavos toda la vida por miedo a la muerte.

Pero cuando el amor de Cristo logra moldear en nosotros una vida nueva, ese miedo se desvanece lentamente, y la muerte cambia de rostro, transformándose en la última y definitiva ocasión de conversión: el momento en que se deja ir todo lo que aún nos retiene y nos entregamos, sin reservas, a la mirada justa y misericordiosa del Padre.

Francisco, sintiendo que el final se acerca, se hace llevar a la Porciúncula, el lugar que más quiere en el mundo. Allí recibe la visita de su amiga romana Jacopa dei Settesogli, a quien le pide que le lleve los dulces que tanto le gustaban. Es el último acto de la pobreza evangélica de Francisco, «la de quien acepta ser visto en su propia fragilidad». Y así muere, después de haber aprendido «que recibir es la forma más pura del don, y que dejarse amar hasta el final es la mayor de las libertades».

Desnudo sobre la tierra desnuda
El Pobrecillo, recuerda el predicador, muere como un hombre necesitado, no como un héroe cristiano: se deja depositar desnudo sobre la tierra desnuda. Es el cumplimiento de toda una existencia, porque «el despojo había sido el hilo conductor de todo su camino». Cuando se había quitado toda la ropa en la plaza de Asís «se había puesto el hábito como se pone una libertad. Ahora, al final de su peregrinaje, tampoco esa última vestimenta sirve ya». Ha combatido la buena batalla de la fe: se ha convertido en un auténtico hijo de Dios. En la Escritura, en el Génesis, para el primer hombre y su mujer «al principio la desnudez es transparencia, es más, es la condición de quien vive sin defensas porque recibe todo como un don. Es la serpiente la que introduce la sospecha, insinuando que la vida debe ser poseída y protegida». A partir de ese momento, la desnudez se convierte en vergüenza.

Cristo lleva esta historia a su plenitud en la cruz, desnudo, expuesto, mientras sigue bendiciendo. Es allí donde Dios alcanza al hombre en el punto más frágil de su existencia y disipa definitivamente la desconfianza hacia la vida y la muerte. El antídoto contra el miedo no es una defensa más fuerte, sino todo lo contrario: dejar de defenderse, abrir los brazos y aprender a recibir.

Para Francisco, subraya el padre Pasolini, «la desnudez final de la Porciúncula no es solo la coherencia de un camino ascético: es la reconciliación de un hombre consigo mismo». Y es por eso que la Iglesia lo reconoce como santo.

Aprendió a aceptar su propia fragilidad, a vivir como hijo y como hermano, sin avergonzarse ya de su pequeñez. Y precisamente en esta pequeñez acogida encontró la libertad más grande: la de ponerse al servicio de la Iglesia y del mundo con generosidad, sin medida, sin cálculo y sin defensas.

Un camino que nos lleva a la libertad de los hijos de Dios
El camino de Francisco de Asís, concluye el predicador, no es una excepción reservada a unos pocos, «sino la forma plena de lo que el Evangelio promete a todo bautizado: una vida libre, capaz de amar hasta el final y de atravesar el dolor sin dejarse vencer por él». Un testimonio ante el cual la tarea de los pastores es muy delicada.

No podemos adaptar el Evangelio a nuestros miedos, reducirlo a una propuesta tranquilizadora o a un conjunto de prácticas religiosas que conservan su apariencia pero vacían su verdadera fuerza espiritual. Ofrecer un cristianismo de segunda mano, más fácil pero menos exigente, significa privar a los hombres y mujeres de lo que realmente necesitan: un camino capaz de conducir nuestros pasos hacia la vida eterna.

El Evangelio anunciado por San Francisco, concluye el padre Pasolini, no ofrece atajos, sino que «nos capacita para un camino de purificación y conversión que conduce a la libertad de los Hijos de Dios». Es tarea de los pastores de la Iglesia «guardar esta verdad sin atenuarla, indicando caminos que abran las puertas hacia la plena madurez en Cristo». En este año en que contemplamos a Francisco, dejémonos «conmover por el deseo que guió cada paso de su vida: conocer a Cristo».


                                                         AVISOS


Los 11 de cada mes celebramos la Eucaristía por los enfermos (Nuestra Señora de Lourdes).

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