Si yo confieso que Dios me hizo a su imagen y semejanza, según el concepto que yo tenga de Dios, así actuaré. Jesús, en esta parábola, nos muestra su concepto de Dios y, por tanto, del ser humano que él tenía ser.
Concibe a Dios como un Padre/Madre amor gratuito -quien plantó la viña-y al ser humano como amor agradecido, -un agraciado que ha de agradecer-, pues recibir y no dar deshumaniza, es vivir en contradicción, -los labradores-.
Nos humanizamos en la medida en que sabiéndonos agraciados, agradecemos, nos entregamos a nosotros mismos dando las gracias. Al compartir, al dar de lo nuestro con alegría crecemos en humanidad. La máxima humanización es llegar darse uno a sí mismo por completo, del todo como lo hizo Jesús. “¡Solo Dios podía ser tan humano como Jesús!”.
Dios, Padre/Madre de misericordia, compasión y paciencia infinita es pura gracia, amor gratuito, donación; ante Él solo nos queda ser agradecidos. “Una madre es para mil hijos, mil hijos no son para una madre”.
Tener fe no es simplemente creer en Dios, también los demonios creen en Dios, es creer que Dios se encarnó en Jesús para enseñarnos a vivir como él vivió, dándose a los demás del todo y siempre. Jesús nos mostró que santidad y humanización son lo mismo, ser santo es ser humano.
Tener fe es adherirse a Jesús, es tenerlo como referente a la hora de tomar decisiones en el vivir diario.
Nuestra “utopía” es desear ser capaces de aceptar los inconvenientes, los hándicaps, las consecuencias de seguirle.
Tener fe es una suerte, una gracia, un regalo que, como todo regalo, espera ser acogido y reclama una respuesta. Esa es nuestra responsabilidad, la respuesta. En la vivencia de Dios la iniciativa es suya y la respuesta, nuestra. La fe es una dádiva divina, una gracia-gratis-dada y un compromiso humano, es nuestro reto, nuestra gloria y nuestra cruz.
El amo de la viña -Dios-, espera uvas, espera los frutos de lo que nos dio; nos dio la vida y la fe, espera que le devolveremos una vida de fe, o lo que es lo mismo: una vida humanizada, una vida vivida para los demás, una vida agradecida.
La fe no es un adorno más para la persona del creyente, no es un tercer apellido del tipo “cristiano por la gracia de Dios”. Es un compromiso de acción y servicio, de entrega a los demás, pues ya no nos pertenecemos, somos de los demás y para los demás.
Pertenecemos a Dios, a nuestro Amo y Señor, Él nos creó, plantó, cavó y espera ver qué damos. ¿Qué es lo que puede esperar de nosotros? Lo que de Él nos viene: fe, esperanza y amor, una vida entregada en el servicio, una vida en proceso creciente de ternura y de humanización.
El pecado de los labradores fue recibir y no dar, quedarse con todo, deshumanizarse, apropiarse y no compartir. Nuestro pecado puede ser el mismo, no trabajar por la viña, no realizar el Reino. Esto ocurre cuando perdemos toda consideración por el Hijo, por Jesús encarnado en nuestros prójimos y los dejamos sufrir en sus necesidades.
Esta parábola describe perfectamente el momento actual: “Hoy el Amo está sin viña, sin labradores y con el Hijo desterrado”, solo le quedan beaterías y devociones que ni comprometen ni de nada sirven, queda solo cierta religiosidad. ¿Como cristianos, qué vamos a hacer?
La presencia del hijo molestó a los labradores y lo mataron; hoy, algunos creyentes, cuando el Hijo molesta -el prójimo que viene en patera- y pide acogida, lo destierran y se hacen una religión sin Dios, mezcla de superstición, folklore y beatería, que con solemne y multitudinario boato, siempre es bien acogida…
No hay que apurarse, no acabará así la cosa, vendrán otros labradores que considerando al Hijo y teniéndolo por referente, darán frutos. “De fora vindrán que de casa ens trauran”. Una nueva tierra nacerá, seguro.
La viña es su Reino, -Reino de perdón compasión y misericordia-. Él espera y pide que prolonguemos en los demás el mismo trato que recibimos de Él.
Su proyecto de salvación no se perderá, lo viviremos nosotros o los que vengan detrás o de otras partes. Ser creyente es desear y trabajar para que la salvación sea de todos y para todos.
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