Palabra del Señor
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Comentario de Benjamín
El fragmento es de estilo “escatológico-apocalíptico”, una forma de hablar que no pretende asustar, simplemente dice que así como la eternidad es dimensión típicamente divina, la temporalidad es típicamente humana.
Somos animales temporales, vivimos en el tiempo. Un tiempo que se escapa a nuestro control, “el día y la hora nadie lo sabe”.
Que tenemos que morir está inscrito en nuestros genes, nada ni nadie es para siempre, “ningú es quedará per a llavor”.
Jesús recomienda vivir intensamente el momento presente, “carpe diem”, habida cuenta de nuestra temporalidad, de que “todo pasa” y el tiempo se escapa a nuestro control. Sí, hay que vivir el momento presente, pero escrutando los signos de los tiempos, para saber a qué atenernos.
Mirando lo que ocurre y lo que nos ocurre, qué pasa y qué nos pasa, “aprended de la higuera”, veamos qué se nos dice y qué se nos pide.
Lo importante, lo que nos interesa es vivir intensamente y de forma personal. Al final, uno recoge lo que siembra, tendrá lo que se merezca. Somos el resultado de toda nuestras búsquedas, logros y frustraciones.
Rendiremos cuentas y seremos para la eternidad lo que hayamos sido en la temporalidad. Dios, que es Amor, y por tanto es respeto, da a cada cual lo suyo.
Si vives para ti y solo para ti lo que te espera es la soledad más absoluta; si vives para los demás al final serás suyo eternamente y ellos serán, tuyos.
No hay tiempo que perder, tú tiempo es de Dios, es un talento que no lo puedes guardar, es como el maná del desierto, te lo concede para que lo inviertas y multipliques, para que lo vivas por y con los demás.
Jesús advierte que cuando vivir es amar, la vida no admite esperas; para la felicidad, como para la salvación no hay tiempo que perder…
Aprendamos de la parábola (…) cuando brotan las yemas sabemos que el verano está cerca. Escrutemos los signos de los tiempos, dejémonos interrogar por ellos y actuemos en consecuencia. No dejemos para mañana el amor que podamos vivir hoy y que el momento nos reclama.
Se nos recomienda escrutar la vida y los signos que la acompañan para poderla entender e interpretar desde la perspectiva del mismo Jesús.
Vivir improvisando por sistema y a lo que salga, es de una gran imprudencia. Para vivir se necesita saber qué es lo importante y qué es lo secundario, qué batallas perder para no desgastarse y ganar la guerra.
Dice: “El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasaran”. Eres responsable de tu propia vida, pero tú no temas que yo estoy contigo.
Lo importante es que tú seas tú mismo, que seas autentico, que nada ni nadie te impida ser autor y actor de tu propia historia.
Jesús avisa: “El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán…”. Dice que nos podrán derrotar, pero nadie podrá acabar con su proyecto; ni la persecución, ni la condena ni la muerte tendrán la última palabra.
Cuando nos condenen, cosa que harán, Dios nos salvará, nos absolverá y rescatará. Nuestra causa, que es la causa de Jesús, siempre será una causa invicta.
Saber para qué vivimos y qué sentido tienen nuestras esfuerzos es condición necesaria para vivir en el estilo y en la intensidad del Maestro. Si no tenemos claro el por qué y el para qué de nuestros desvelos será muy difícil mantenerse como ciudadanos del reino de Dios en este mundo.
Lo decisivo es vivir como Jesús vivió, que nos apropiemos de su programa y estilo de vida para entrar al servicio del Reino, que es un sistema de vida en el amor.
Para Jesús vivir en la temporalidad es un recreo-sin-descansos, es vivir-ya-en-la-eternidad; por eso, sin amor nada merece su atención. Dios nos da la vida como una tarea de felicidad y de salvación eterna.
Ante el amor, como ante la salvación la “oportunidad la pintan calva”, o la coges cuando pasa o la pierdes para siempre. Por eso, los judíos observantes, se dejan tirabuzones para que cuando pase el ángel, que sólo pasa una vez y nadie sabe cuándo, les pueda coger con facilidad para llevarlos al cielo.
Conclusión:
El Evangelio, ante la desolación nos aconseja no dejarnos vencer sino aprovechar la misma desolación para purificarnos y poderle preguntar al Espíritu Santo qué nos está pidiendo.
Leer los signos de los tiempos es preguntar al Espíritu, es interpretar lo que pasa en clave de Providencia.
La palabra providencia viene de “pro-videre”, estar a la vista, bajo la mirada de alguien, en nuestro caso bajo los ojos de Dios, situación que nos invita a un claro compromiso de fe y confianza.
Para nosotros, la vida es un compromiso de servicio. Entre nosotros, quien no vive para servir, no sirve para vivir.
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