A Jesús lo maten los poderosos del momento. Lo condenan por “seditio”, por revolucionario político y sufre el “servile supplicium”, el suplicio que se aplica a los esclavos. El deshonor que suponía la “cruz” era peor que los dolores de morir en ella, peor era la “exclusión social” que sufría el reo que el “tormento físico”.
Morir desprestigiado, escarnecido, roto y despreciado en la cruz era lo peor que le podía pasar a un judío, quedaba descalificado frente a todo y ante todos, frente a lo divino y ante los humanos.
Hoy celebramos a “Cristo Rey”, monarca crucificado; para un judío de la época un “rey crucificado” era un chiste de mal gusto.
Jesús fue crucificado por su propia entrega, por su coherencia y autenticidad personal, no por la victoria de sus enemigos.
Cuando alguien con poder, dominio y fuerza se enfrenta contra una persona pobre, débil y libre, ¿quién gana? A la larga el más autentico y veraz, el más humano, el que es más realmente hombre, el hombre de principio a fin, el que no tiene doblez en su vida, ese es de verdad el rey.
A Jesús lo acusan de pretender ser “Rey de los judíos”, pero lo matan por ser testigo fiel del proyecto de Dios para la humanidad, por vivir en todo momento, de principio a fin, desde su nacimiento hasta su muerte a imagen de Dios. No hay más rey, ni hombre más real que el testigo fiel del proyecto de Dios para la humanidad.
El proceso contra Jesús fue el proceso en el que se enfrentaron fuerza, arrogancia e inhumanidad con la pobre debilidad humana, gracias a ese encontronazo se dio a luz su realeza y se le coronó de gloria.
Desde ese momento ya no tenemos más Señor ni Rey que Jesús. Él es nuestro único referente necesario para proyectarnos en humanidad. Fuera de Él no encontramos otro, no tenemos otro espejo donde mirarnos.
Su muerte manifestó la humanidad en estado puro, en estado perfecto, es más, la elevó a categoría regia, a Él lo hizo Rey.
Darnos a nosotros mismos hasta morir, darnos del todo y para siempre es nuestra clave de humanización y de acercamiento a la divinidad.
Si el amor y el servicio a la verdad, “ser testigo de la verdad”, le costó la vida y si “todo el que es de la verdad, escucha mi voz”, que se preparen sus discípulos, ya saben lo que les espera…; pues pretender seguir sus pasos y evitar no acabar como Él es hacer trampa. Sigamos su camino hasta el final, hasta la cruz que es el trono.
Jesús es rey, pero no al estilo de los de este mundo; sus súbditos no le acatan ni a Él se someten, sus discípulos son libres, escuchan su voz y le siguen porque les viene en gana, porque quieren.
Los reyes de este mundo son constituidos reyes por sus pueblos; pero en éste caso es al revés, Jesús es el Rey que constituye su pueblo y reino.
Los poderosos de este mundo, los “reyes”, se legitiman desde la manipulación, la fuerza o la opresión; Jesús, nada de eso, solo es rey que gobierna a los que se ponen en sus manos. Un rey que exige mucho y no obliga a nada, pues no tiene ningún poder, es tan pobre, tan pobre que solo tiene autoridad, es un rey atípico pero convincente, eso nos basta.
Lo que pasa con Jesús no se puede extrapolar, se da sólo con Él; los demás, los que se presentan como reyes acaban siendo tiranos de vidas, conciencias y haciendas. Acaban siendo aposentadores de infiernos.
En este mundo los pueblos constituyen reyes que les dominan; en el caso de Jesús, no; es Él quien convoca sin dominio ni coacción, por eso el pueblo que Él constituye un pueblo de hombres y mujeres libres.
Jesús es nuestro Rey, nos convoca e invita a anunciar, a anticipar y a construir su Reino de paz, justicia, amor, libertad y fraternidad. Nada que ver con las testas coronadas al uso.
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