Comenzamos el Adviento, tiempo que nos prepara para la Navidad, tiempo que nos recuerda que hay mucha divinidad en la cotidianidad.
En Navidad no celebramos un hecho del pasado, el cumpleaños de Jesús, sino un acontecimiento actual que afecta a nuestra propia vida diaria. En Navidad celebramos que Dios se encarnó, que se hizo persona humana, que nació de María y que habita y vive en cada uno de nosotros.
El Adviento parece decirnos: “Ante la Navidad, quien sea cófrade que coja candela…”, pues si tú afirmas que Dios vive en ti y en los tuyos, tu vida les pertenece, tienes que darte y desvivirte por ellos, dares tu vida y tu tiempo, ya no tienes tiempo que perder, vive vigilante y despierto.
El Adviento es un tiempo que nos recuerda que la vida castiga a los que en ella se duermen, se despistan y llegan tarde, a los que matan su tiempo y como es lógico, lo pierden, ya que cristiano es quien “representa” en su vida la historia de Jesús, el que la hace presente.
En tu vida, si te llamas cristiano, la representación de la vida de Jesús debe haber comenzado ya, la función es de un solo acto y en ella no hay “descansos”, ni consiente tiempos vacíos ni perdidos. No tienes tiempos para perder.
La acción se desarrolla en tu hoy, tu ahora y tu aquí; no es para ser representada en el más allá, en la eternidad, sino en el más acá, en tu vida.
Confesémoslo de una vez y por todas: Para vivir como Cristo no es tiempo lo que nos falta, lo que nos falta son ganas.
El Adviento es un tiempo que nos susurra al oído:
- No sabes cuando pero el Reino irrumpirá en ti, prepárate.
- Tu ángel vendrá a ti una vez y no sabes cuando, te sorprenderás.
Y en esta lectura de Lc 21,25-28, Jesús parece decir:
- Vivir es desvivirse, desparramarse, entregarse.
- Desvívete y vivirás, serás lo que estás llamado a ser.
- Sólo merece la pena vivir de una forma: despierto y vigilante.
-Velando y vigilando la vida se hace fiesta, es un adelanto de cielo.
-Velar es vivir como si no te quedara más tiempo.
-Vigilar es vivir sin querer perder el tiempo.
-Quien vela y vigila, ese vive.
El Adviento nos recuerda que el tiempo es como el “maná del desierto”, no se puede guardar ni se debe perder.
Tu tiempo es un regalo de Dios, es un don que Dios te hace, un talento que te da; no lo guardes, regálalo tú también; no lo pierdas, inviértelo. Guardar el tiempo es una forma de perder el tiempo.
Tu tiempo cotiza y rinde cuando lo inviertes, de nada te sirve guardarlo. Dar tu tiempo a alguien es el mejor regalo que le puedes hacer.
La clave de la felicidad está en desvivirse, en darse y en entregarse.
Desvivirse es apostar por la eternidad, es vivir al modo de Dios.
Tú tiempo viene del cielo para que lo consumas con agradecimiento.
Tu tiempo es un cacho de eternidad, es un don de Dios. Tu tiempo es un valor que cotiza cuando lo inviertes,
Tu tiempo vale en la medida en que lo das. Es un maná para consumir con agradecimiento y no para guardarlo con egoísmo.
El Adviento nos recuerda que no sabes cuando pero el Reino de Dios irrumpirá en ti. Te visitará tu Ángel y no sabes cuando, estate alerta, no pierdas tu tiempo. Vela, vigila, vive despierto, hambrea más vida y más amor.
El tiempo es un talento divino para ser invertido y multiplicado. Lo que Dios te da ni se tira, ni se guarda; se invierte y se consume.
Los que viven para los demás siempre tienen tiempo para todo. Eso es, justamente, lo que nos enseña el Adviento: vivir para los demás es vivir en Navidad.
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