La Navidad es tiempo de familia, de acercamiento a los hermanos para conocer y compartir situaciones, realidades y necesidades, pues ninguno de ellos nos es indiferente.
Los evangelios presentan dos modelos de familia, el natural- consanguíneo y el que Jesús prioriza formada por “los que oyen la Palabra y la cumplen”. En el 1º, la fraternidad por lazos de sangre; en el 2º, al conocer necesidades y sufrimientos por experiencias de proximidad, prójimidad. La fraternidad aparece al conocernos y vivirnos como cercanos e íntimos.
Mi prójimo-hermano es el que trato de cerca y me hace sentir uno- con-él; al conocer sus carencias nace en mí sentimientos de misericordia, la necesidad de cargar en mi corazón con sus miserias-llagas-sufrimientos.
La vivencia de la fraternidad nos conduce a dar y darnos para curar los sufrimientos, necesidades y carencias.
Lo primero es estar cerca, si es físicamente mejor, para conocer en directo; después vendrá el sentir en propia carne sus sufrimientos al interiorizarlos; por último, surgirá la necesidad el dar y el darse para socorrer y solucionar. Si no conozco, ni gozo ni sufro, impera la indiferencia y la apatía; sin conocimiento no hay con-moción, ni con- pasión, ni con-dolencia.
Amo a quien conozco y al amar fraternizo, hago y vivo en familia.
Nos estamos preparando para vivir la Navidad, la celebración festiva del nacimiento y encarnación de Jesús, al tomar consciencia de que se hace persona humana en el que tenemos a nuestro lado.
Los de cerca que necesitan nuestra ayuda, nos unan o no lazos de sangre, son para nosotros el mejor icono de Jesús, su verdadero rostro.
La Navidad es tiempo de familia y fraternidad, consanguínea o no, es una invitación explicita a vivir en entrega desinteresada y universal. Somos responsables de todos, empezando por los de cerca, por los de casa.
La fraternidad comienza con los tuyos, con los que tú haces tuyos, al ser tú su prójimo-próximo-cercano, el que te interesas por ellos.
La familia es así una adquisición, una apropiación: “yo te hago mi hermano”, mi razón de ser, mi referente, me identificas conmigo mismo.
María, fiel a este principio se fue a servir a Isabel. María es espejo en quien mirarnos.
Casi siempre es más gratificante ser fraternos con los de fuera; nos conocen menos, no nos juzgan y, por tanto, nos ven con buenos ojos. Pero los cristianos no vivimos la fraternidad porque sea o no gratificante sino porque somos prójimos de los que la providencia nos va regalado.
Dios nos da unos padres, una familia, unos amigos, unas personas con las que andar tras los pasos de Jesús; sin los demás, sin los de cerca y los de lejos, no hay seguimiento posible.
María aceptó el reto de traernos al Salvador y actuó en consecuencia: inmediatamente se puso a servir, a ayudar a vivir, a facilitar la vida.
Cuando Dios se te manifiesta nunca te deja indiferente; a su escucha le sigue tu descentramiento, pierdes tu centro y sales de ti mismo para darte apostando a favor de los otros. Dios, como Amor total que es, siempre encandila y desestabiliza.
María, al visitar a Isabel manifiesta que salvación y servicio no son sinónimos, pero servir por amor siempre nos salva.
María, en su historia, nos enseña que vivir la fe es comprometerse que la vida, para el creyente, es una ocasión de servicio, que vivimos para servir o no servimos para vivir.
Servir es la vocación de Dios, porque el amor exige servir.
Servir es amar y Dios es amor. Servir es vivir a semejanza de Dios.
Servir no es hacer lo que los otros quieran, sino lo que necesitan; no hay que confundir el ser servicial con el ser servil, no es lo mismo.
María e Isabel nos manifiestan que tener fe no es tener las cosas claras, sino tener esperanza a pesar de que las cosas estén muy oscuras.
Isabel y María, con la historia de sus embarazos, nos ponen en evidencia que la vida es el triunfo de lo imposible. Nos manifiestan que Dios, que es Amor y dueño de la vida, es el Señor de lo imposible.
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