Aparecen unos personajes:
+ María, que interpreta la vida como una ocasión de trascenderse. Trascenderse es salir de uno mismo para pensar en los demás, vivir la trascendencia es atender necesidades ajenas, es servir.
+ Discípulos, que aprendieron de Juan que la vida es disciplina, austeridad y penitencia, ocasión de conversión, que es la suma de compunción y arrepentimiento. Estos, después descubrirán que la conversión es algo más que compunción y arrepentimiento.
+ Jesús, que enseña que la vida es ocasión de crecimiento, o sea, la suma de la disciplina+penitencia y alegría+agradecimiento.
Disciplina+penitencia+austeridad con alegría+agradecimiento es el esquema vital de una conversión cristiana.
Disciplina+penitencia+austeridad son las fuentes de todo crecimiento personal. Y no olvidemos que crecer es siempre motivo de alegría y de acción de gracias, de celebración…
La vida no merece la pena ser vivida sin fiesta ni nada que celebrar; se haría insufrible, irrespirable, sería un asco, no merecería llamarse vida. Tengamos la fiesta de la vida en paz, merece la pena.
También se da una afirmación:
+ “No ha llegado mi hora”, el crecimiento personal no se improvisa, requiere un plan, una estrategia, pues las metas se logran con el tiempo.
Madurar es ser autor y actor de la propia vida; no consientas que nadie te la dicte, ni que decida en tu lugar. Toma tú tus determinaciones.
Luego se oye una voz autorizada, la de María:
“Haced lo que él os diga”, mandato que acelera la hora, adelanta los planes, conduce y exige ser lo que uno tiene que ser, es voz-mandato que pone en un aprieto, que potencia la realización del que está comprometido.
De esa voz autorizada sacamos una lección:
Si tratamos a los demás como son, no les ayudaremos a ser mejores; si queremos que crezcan, tratémosles como pueden llegar a ser.
El educador es la potencia del educando, nunca su competencia. Para educar lo primero es conocer, luego vendrán la audacia y la confianza.
Por fin aparece una orden, por parte de Jesús:
“Llenad las tinajas de agua”. Para un cristiano, dar lo estrictamente necesario para subsistir no es suficiente, (survivre, ce nésr pas vivre, como dicen los franceses), sobrevivir no es vivir, lo superfluo también tiene su importancia.
Sin motivos de alegría y agradecimiento la vida es muy triste, se hace insoportable.
Convertir el agua en vino para que siga la fiesta, parece un milagro frívolo y poco serio, un tanto irreverente, impropio de lo que algunos fieles esperan del Dios en quien creen y temen.
Jesús nos revela un Dios que es Amor y se nos da en clave de sorpresa.
Cuando lo superfluo es necesario y lo necesario es superfluo, no lo dudéis, estáis ante gente enamorada.
Las palabras fiesta, alegría, diversión, gusto, placer y todos sus sinónimos son términos proscritos para ciertos cristianos rancios que se creen gentes de “pro”, gentes que cantan con gusto lo del “no estés eternamente enojado…” y creen que este mundo es y ha de ser necesariamente “un valle de lágrimas”.
Estas gentes están lejos de la realidad y hacen del cristianismo una religión triste y antipática. No entendieron qué significa “Abba-Padre”.
El agua es signo de pureza y divinidad, el vino lo es de humanidad. El agua, la pureza y la divinidad se convierten en humanidad. Lo divino se hace humano y lo humano se hace divino. “El mayordomo probó el agua convertida en vino…”, no sabía de dónde había salido, no se lo explicaba
Dios, como el amor, se presenta siempre en clave de sorpresa, desborda y desbarata nuestros planes, en Él todo es gracia.
Amigos, agradezcamos tanto los buenos como los malos momentos de la vida, ambos nos sirven para crecer. En la vida todo es gracia. Para tu crecimiento, tan importante es un buen momento como uno malo. No desprecies los malos momentos, fueron tuyos, valóralos y guárdalos con cariño.
Recordad el esquema vital:
La solidaridad apoyada-realizada con disciplina-penitencia lleva a la alegría y al agradecimiento, así se alcanza la madurez cristiana.
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