Una previa: ser humano se nace, persona uno se hace. Persona, etimológicamente viene de “per-sonare”, sonar o ser para alguien.
Cuando somos fieles a nosotros mismos y a nuestra misión nos pasa como los enamorados, lo decimos, se nos nota, lo gritamos, lo declaramos.
El enamorado tiene urgencia de declarar su amor; si llega tarde, igual lo dejan por otro.
Por eso, si tienes claro quién eres y lo que has de hacer, proclámalo; si te lo callas no se enteran, no te comprometes y te puedes quedar por realizar, pierdes tu tiempo y lo haces perder a los otros.
Si te lo callas para ti mismo, no lo dudes, no tienes “vocación” - llamado o tirón a realizarte por ese camino-, lo que tienes es flato, un “me gustaría”, un “qué bonito sería”. Un sueño que no realizas, olvídalo.
Si en una vocación si adivinas que en ella vas a ser feliz, proclámala, que se enteren. Es lo que hizo Jesús en la sinagoga de Nazaret.
Tengo para mí que el amor como la felicidad son de carácter gaseoso, tienden a expandirse. La persona humana, en su vocación encuentra su felicidad, y la felicidad, como queda dicho, tiende a expandirse, a darse a conocer, a comunicarse.
Lo primero y más necesario para llevar a cabo una vocación, es saber quién eres y qué se espera de ti, eso te dará realización, plenitud y llenará de sentido tu vida. Aquí está la clave de tu felicidad.
Llega a ser persona quien realizando una misión llena de sentido su vida, Sin misión que realizar en la vida, no hay madurez, ni plenitud ni felicidad. Estas no se encuentran por casualidad ni se compran con dinero. Sin una causa a la que servir, la vida se queda vacía y sin sentido.
Persona cabal es aquel que sabe quién es, qué se espera de él y actúa en consecuencia.
Jesús va a Nazaret a definirse, a declararse, a comprometerse. Lo tiene claro, y quiere hacérselo saber.
La autenticidad y coherencia de una persona comienzan cuando, sin ningún tipo de vergüenza y con valentía, se delata y se define a sí mismo.
Al darte a conocer te comprometes con tu misión. Y al ser cristiano, a pesar de saber que el cielo no está en la tierra te empeñarás, desde tu fe y esperanza, en hacer de esta tierra un cielo.
Hacer de la tierra un cielo, el reino de Dios aquí y ahora- es nuestra utopía.
Jesús fue Maestro en el arte de hacer de esta tierra un cielo. ¿Cómo lo consiguió? Viviendo y enseñando a vivir el “reinado de Dios” en su propia vida, curando y procurando el bienestar y la salud de las gentes.
Dios reina allí donde se realizar el “año de gracia del Señor”, allí donde se olvidan las deudas porque se perdona a los deudores; allí donde se da a cada uno lo que necesita para que viva dignamente; allí donde nadie pasa necesidad, porque a los que tienen todo les sobra. Allí donde se da la fraternidad reina Dios y se vive en la tierra como en el cielo.
Este programa de vida, el del reinado de Dios en nosotros y en nuestro mundo, cuesta “dinero”-metáfora de lo que uno sabe, siente o tiene y otros no-.
El reinado de Dios en nuestras vidas y en nuestro mundo no es, por tanto, una buena noticia para los que están amarrados a sus bienes y quieren sacarles beneficios en detrimento del bienestar y del bien común.
El reinado de Dios en nuestras vidas y en nuestro mundo sólo es
buena noticia, es evangelio, anticipo de cielo, para pobres y últimos.
¿Dónde está el Reino? Allí donde vive y está empadronado Dios, en las calles donde las gentes se aman y se comportan como hermanos.
Siendo rico es fácil ver a Dios como todopoderoso; con el estómago vacío solo se le puede ver como Padre. Los hambrientos -los que pasan necesidad- necesitan de alguien que, sintiéndose hermano sacie tu hambre.
Dios es Padre porque los pobres necesitan hermanos que les sacien.
El evangelio de Jesús es un programa atractivo sólo para pobres.
Realizar el “año de gracia del Señor” es un anticipo de cielo, de gloria, es vivir con dignidad, per-donar, saber-salir-perdiendo-como-Dios hace-contigo. Si viviéramos así, esto sería gloria bendita, el cielo en la tierra. Amén.
Para un cristiano el cielo no es algo ajeno y alejado de este mundo; está aquí, comienza ya, ahora, en tu casa y entre los tuyos. Repito, el más allá comienza en el más acá y difícilmente soporta la jaculatoria de mi abuela: “paz en la tierra y gloria en el cielo…”
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